El sembrador

Domingo XV Tiempo Ordinario –A-

 

"Esto dice el Señor: Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo..." (Is 55,10)

Lluvia

-         deseada que humedece la tierra seca, haciendo posible la esperanza de una nueva primavera.

-         que baja del cielo limpiando el aire y la tierra, barriendo el polvo que ensució el ambiente, manchándolo hasta el punto de no poder respirar.

-         que corre por los mil canales que riegan la tierra pobre de los hombres.

-         que llena los cacharros, grandes y pequeños, donde guardamos el agua que nos mantiene con vida, la que nos da energía para iluminar nuestras oscuras noches, para calentar nuestros hogares, para llenarlos de música y de palabras, de imágenes vivas...

Aguas

-         tempestuosas,

-         temidas,

-         que se desbordan, que arrastran con ímpetu imparable cuanto se les pone por delante.

-         que saben de tragedia, de vidas tronchadas, de cuerpos muertos que flotan junto con mil cosas íntimas.

-         que se tragan tantas vidas,

-         que absorben furiosas,

-         que crispan las manos que se hunden sin posibilidad de agarrarse a nada.

-         que pudren la sementera, que se llevan de un solo golpe la ilusión de todo el año, o de la vida entera.


"Así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía..." (Is 55,11)

Así es la palabra de tu boca.

Agua que baja del cielo con una potencialidad concreta, con una fuerza determinada, con una misión que cumplir.

-         Unas veces será agua buena que salva y da vida,

-         otras agua fatídica que condena y mata.

Sea lo que fuere tu agua, Señor, tu palabra no se quedará baldía, conseguirá el resultado propuesto.


Y todo depende de quien recibe la palabra. Porque tú siempre eres el mismo. Tu palabra es siempre una palabra buena, una palabra de amor que intenta iluminar, encender, serenar, consolar, animar. Nosotros somos los responsables del resultado final. Por eso llegaste a decir que en realidad Tú no juzgarías a nadie, sino que tus palabras serán las que juzguen en el último día.


Las acequias de Dios


"Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida" (Ps 64,10)

La acequia de Dios va llena de agua, dice el texto sacro. El salmista canta emocionado al Señor, impresionado ante el magnífico espectáculo que se extiende ante sus ojos: surcos que abren la tierra y reflorecen en anchos sembrados, verdes plantaciones que se alzan en pleno verano bajo la caricia de las aguas que se deslizan por los arcaduces y canales.

En definitiva es Dios quien hace posible la fecundidad de las tierras. El que ha puesto el latido de la vida en los pequeños gérmenes que encierra toda semilla, ese latido misterioso que se desarrolla independiente de la acción del hombre que sólo tuvo que sembrar... "Tú preparas los trigales -dice también nuestro salmo-, riegas los surcos, igualas los terrones, tu llovizna los deja mullidos, bendices sus brotes".



Adoración que no encuentra palabras, o que rompe sus sentimientos en canciones. Contemplación gozosa de la grandeza divina, rutilante en los esplendores del verano. En el sol que madura dorando los frutos, en el agua que nos sacia y refrigera, en la brisa fresca del amanecer. Gratitud profunda y sincera ante este Dios que nos ha entregado la tierra, para que trabajando en ella alcancemos el Cielo.


"Coronas el año con tus bienes, tus carriles rezuman abundancia" (Ps 64,12)

Es tiempo de cosechar, de recoger el fruto de muchas horas de afanes y esfuerzos. El cantor de Dios habla hoy de los ricos pastizales del páramo, de las colinas que se orlan de alegría. También nos dice que las praderas se cubren de rebaños y los valles se visten de mieses que aclaman y cantan.

Las imágenes, realidades vivas en nuestros campos, elevan el corazón y la mente de quienes creen en Dios. De un modo o de otro el Señor bendice nuestro trabajo. Hemos de ser conscientes de que cuanto logramos procede en definitiva del Altísimo, porque, como dice san Pablo, ni el que planta es algo ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento.

Seamos humildes para reconocer nuestra impotencia y recurrir a quien todo lo puede, solicitando confiados su ayuda. Seamos también agradecidos para reconocer que el agua que riega nuestra tierra y nuestro espíritu, procede en último término de las acequias de Dios.


Libertad gloriosa


"Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá..." (Rom 8,18)


Pablo es consciente de lo que pesa el trabajo del hombre sobre la tierra, puesto que él vive una existencia dura de sacrificios y esfuerzos continuos. Aparte de la predicación del Evangelio y de atender a los cristianos recién bautizados, el Apóstol trabaja con sus manos para mantenerse sin ser gravoso a nadie. Sus circunstancias personales le llevan a actuar de este modo peculiar, distinto del modo de hacer de los otros apóstoles, que prácticamente abandonan su profesión para entregarse de lleno a la misión que el Señor les había encomendado.

Y Pablo que sabe de fatigas y penalidades nos dice de forma categórica que todo eso es nada en comparación con la gloria que nos espera. Sí, vale la pena vivir esta gozosa aventura de entregarse en cuerpo y alma al Señor, llevar a cabo esta sublime tarea de divinizar todo lo humano que cada día hacemos. Por mucho que nos cueste ser fieles al Señor, nunca llegaremos a dar más de lo que Él nos entrega ya ahora, de lo que Él nos entregará en el más allá.


"... para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios" (Rom 8,21)

Es una realidad comprobable el hecho de que una cierta esclavitud encadena, de un modo o de otro, a todos los hombres. Incluso aquellos que parecen más libres, están en cierta forma mediatizados en el uso de su libertad. A veces lo que les tiraniza les llega de fuera, otras veces son fuerzas internas, pasiones difíciles de controlar.


Y sin embargo, Dios nos quiere libres. Él nos ha traído la única y verdadera liberación que un hombre puede poseer y gozar, no sólo aquí en la tierra sino también allá en el Cielo. Es la gloriosa libertad de los hijos de Dios, la libertad del amor.


En la medida en que amemos a lo divino, en esa misma medida seremos libres y comenzaremos a disfrutar de esa maravillosa liberación cristiana, tan distinta de cualquier otra liberación terrena. Amar a los demás por el amor de Dios, querer a todos por Cristo. Sólo así seremos realmente libres y dichosos.



Qué buena siembra

"Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago..." (Mt 13,1)

La gente se arremolina en torno a Jesús, sus palabras tienen el sabor de lo nuevo, su mirada es limpia y frontal, su gesto sereno y atrayente, su conducta valiente y franca... Por otra parte aparece sencillo, amigo de los niños, inclinado a curar a los enfermos, aficionado a estar con los despreciados por la sociedad de su tiempo, amigo de publicanos y pecadores. Y, sin embargo, su manera de enseñar tenía una especial autoridad, tan distinta de la de los escribas y los fariseos.

La muchedumbre se siente atraída, le sigue por doquier, le gusta verle y escucharle. Por eso en alguna ocasión, como en este pasaje, Jesús se sube a una barca y se separa un poco de la orilla. Era aquella barca una curiosa cátedra, y la ribera del lago una insólita aula, abierta a los cielos, mirándose en el agua. El silencio de la tarde se acentúa con la atención de todos los que escuchan las enseñanzas del Rabbí de Nazareth. Su palabra brota serena e ilusionada, es una siembra abundante, desplegada en redondo abanico por la diestra mano del sembrador. Es una simiente inmejorable, la más buena que hay en los graneros de Dios. Su palabra misma, esa palabra viva, tajante como espada de doble filo. Una luz que viene de lo alto y desciende a raudales, iluminando los más oscuros rincones del alma, una lluvia suave y penetrante que cae del cielo y que no retorna sin haber producido su fruto.


Sólo la mala tierra, la cerrazón del hombre, puede hacer infecunda tan buena sementera. Sólo nosotros con nuestro egoísmo y con nuestra ambición podemos apagar el resplandor divino en nuestros corazones, secar con nuestra soberbia y sensualidad las corrientes de aguas vivas que manan de la Jerusalén celestial y que nos llegan a través de la Iglesia. Que no seamos camino pisado por todos, ni piedras y abrojos que no dejen arraigar lo sembrado, ni permitan crecer el tallo ni granar la espiga. Vamos a roturar nuestra vida mediocre, vamos a suplicar con lágrimas al divino sembrador que tan excelente siembra no se quede baldía. Dios es el que da el crecimiento, Él puede hacer posible lo imposible: que esta nuestra tierra muerta dé frutos de vida eterna.

La Espiritualidad Cristiana

Definición.- La espiritualidad cristiana es el conjunto de las inspiraciones y de las convicciones que animan interiormente a los cristianos en su relación con Dios,así como el conjunto de las reacciones y de las expresiones personales o colectivas y de las formas exteriores visibles que concretizan dicha relación.

La e.c. es una sola, pero como los cristianos son limitados, su vivencia del Evangelio lo vivirán con una mentalidad y unas modalidades diferentes. Ejemplo: una espiritualidad de la edad media es idéntica y distinta de la que se anuncia hoy a los pueblos que se angeliza.

Es vida según el espíritu, forma de vida que se deja guiar por el Espíritu de Cristo. Es sinónimo de vivir bajo la acción del Espíritu. En este sentido la espiritualidad abarca la vida entera de la persona. Se supera así el viejo dualismo.

Gustavo Gutierrez afirma: “… la espiritualidad es una forma concreta, movida por el Espíritu, de vivir el Evangelio”.

Segundo Galilea describe la espiritualidad como “un estilo de vivir el Evangelio e una determinada situación”.

Julio Lois precisa: “por espiritualidad entendemos aquí la forma concreta, el estilo o talante que tienen los creyentes cristianos de vivir el evangelio, siempre movidos por el Espíritu”.

Espiritualidad cristiana por tanto es vida. Una forma de vivir coherente con el evangelio. Ello exige ser personas libres para la causa del reino, por tanto agentes de liberación en nuestra sociedad.

Cuenta con el auxilio de la gracia, que supera la distancia entre lo poderoso y lo débil, entre Dios y el hombre.

 

Origen del término Espiritualidad.- Proviene de “espíritu”. Aparece por primera vez en una carta del pseudo Jerónimo, cuyo autor parece que fue Pelagio o uno de sus discípulos. Pero aparece con una descripción no precisa y así se mantiene hasta el siglo XI.

Se define como lo opuesto a la sensualidad, a la carne, a la animalidad o brutalidad.

     Un ejemplo reciente, Auguste Saudreau define la espiritualidad como “la ciencia que enseña a progresar en la virtud y particularmente en el amor divino”. Todo lo humano se ha visto ajeno a la espiritualidad por no decir en oposición a ella.

     Una espiritualidad así resulta inaceptable para el común de los mortales. Porque los seres humanos de este tiempo lo que quieren es ser felices, realizarse plenamente. De ahí que una espiritualidad que entra en conflicto con esas aspiraciones es una espiritualidad llamada la fracaso.

     Se trata de ofrecer una espiritualidad auténtica y coherente con el Evangelio que supere todo lo inhumano que hay en nosotros y nos conduzca hacia una realización plena.

     El Evangelio es cruz y renuncia, y en ese sentido, el evangelio es sufrimiento. Pero el único sufrimiento que tiene sentido según el evangelio, es que el que brota de la lucha contra el sufrimiento. Jesús murió porque se enfrentó al sufrimiento injusto que padece tanta gente. Es decir, Jesús subió a la cruz para bajar de la cruz a los crucificados de la historia. Teniendo en cuenta, por su puesto que la salvación que Cristo nos trajo alcanzará su logro definitivo solamente en el más allá, en la otra vida, cuando Dios sea todo en todas las cosas. Sólo entonces la utopía cristiana llegará a su realización plena.

 

Historia de la espiritualidad.

     Definición.- La h.e es investigación, estudio, una exposición y, a veces, una explicación de la relación experiencial del hombre con el Dios uno y trino que se ha revelado.

Desarrollo.

1.                La Iglesia primitiva y el Nuevo Testamento. El anuncio del evangelio 1º es oral después escrito, permite ver en la persona de Jesús, que actúa, enseña y se propone como ejemplo, esto extraña a sus contemporáneos. Jesús opera y rompe al mismo tiempo la antigua alianza, declara que sus palabras son espíritu y vida y, se propone como modelo de fidelidad:

-         amor al Padre

-         amor a los hermanos

                                          Garantía de vida eterna y fuente de felicidad

 

-         Jesús revela al Padre y promete el Espíritu

-         La reflexión de los apóstoles y de los escritores del Nuevo Testamento se centró en la persona de Jesús, sus obras* y sus mensaje

 

La predicación del Evangelio implica una serie de afirmaciones, exhortaciones a la conversión, a la fe, a la vida fraterna, al amor de todos entre sí y Dios.

 

En las cartas de San Pablo, las exposiciones dogmáticas van seguidas de consejos espirituales. La teología que agradece el misterio de Dios en Jesús se enraiza siempre en los principios de Jesús cuando habla de:

-         pecado

-         muerte

-         filantropía divina

-         Cristo presente entre nosotros

-         luchas del hombre interior

-         vida según el Espíritu o el cuerpo místico.

Los Evangelios sinópticos anuncian la Buena Nueva del Reino de Dios ya presente en medio de los hombres, con sus exigencias y esperanzas. Se trata de una Buena Nueva marcada por signos, milagros o curaciones corporales y espirituales; un Reino que es justicia y alegría para los que le aceptan, pobres o pobres de espíritu, pecadores.

La respuesta de los seres humanos consiste: en la penitencia (perdón), en la fe, en la pureza de corazón, en la confianza con el Padre, en el amor a los demás. De esta forma nace y crece la Iglesia.

Los escritos joánicos insisten en la confrontación entre el creyente y el mundo, que el evangelista sitúa en la lucha entre la luz y las tinieblas. El Hijo dado al mundo ha vencido al mundo.

-         El es dador de vida

-         El cristiano lo conoce amándolo y lo ama conociéndolo

-         El Espíritu prometido se comunica en forma de unción a los creyentes

-         Jesús es el Pan de Vida que alimenta a los hombres.

Se trata de ver, de escuchar y de creer en el amor que Dios profesa a los hombres, así como de convencerse de que quien no ama al hermano no ama a Dios.

La espiritualidad de Juan es sacramental, profundiza el misterio del Bautismo y de la Eucaristía.

La atención que presta a María, al igual que san Lucas, marca los comienzos de una espiritualidad mariana.

La fidelidad a las enseñanzas recibidas, inculcada en la primera carta, puede llevar al cristiano al martirio evocado en el Apocalipsis.

 

La carta a los Hebreos presenta a Jesús como el único sumo sacerdote, el único mediador.       

La primera carta de San Pedro, recuerda a los recién bautizados que son un pueblo de sacerdotes que entra a formar parte de la construcción de un edificio del que Cristo es la piedra angular.

La carta de Santiago y otras cartas revelan a los fieles el sentido de la prueba, el valor espiritual de la pobreza, la necesidad de la caridad en la espera ya inminente el Reino.

 

Toda la espiritualidad del Nuevo Testamento es la fuente de nuestra espiritualidad cristiana.

 

2.                 La Espiritualidad de Jesús    

 

Se treta de examinar lo que Jesús hizo, dijo y enseñó, con el fin de valorar la espiritualidad que debió subyacer a todas sus actividades y enseñanzas.

¿Cuál fue el secreto de su extraordinaria vida y de su muerte?

¿Qué era lo que más el importaba?

¿Qué es lo más digno de ser recordado de su personalidad?

¿Qué hizo que fuera tan profundamente amado y admirado por algunos y tan odiado por otros?

 

Jesús no escribió nada, pero tenemos una enorme información sobre él, sobre el tiempo en que vivió y sobre la impresión que produjo en las personas. Ningún conjunto de libros ha sido estudiado completa y minuciosamente como los evangelios, y ningún personaje histórico ha recibido tanta atención como él.

 

Jesús vivió en un mundo que era muy diferente del nuestro.

El nuestro:                      -    posmodernismo

                                     -    ciencia

-         destrucción de la tierra

-         alienación de la naturaleza.

Que ha generado un abismo entre nosotros y la gente de la Palestina del s. I.

Una de las diferencias principales es que Jesús y sus contemporáneos judíos tenían claro que Dios era una persona. Hoy no lo tenemos claro. Muchas personas tienen dificultades de reconocer a un Dios como tal.

 

2.1. Una revolución

Jesús era un campesino judío, y su espiritualidad encontraría su inspiración original en las Escrituras hebreas. El mundo en que vivió era judío, influenciado por la cultura griega. Más importante aún era la globalización del imperio romano, que ejercía una influencia cada vez mayor en la vida del pueblo, de manera especial en la gente rica. La mayoría de ellos vivían en el lujo y la decadencia.

 

Todas estas cosas caracterizaban el mundo que Jesús volvió del revés. Su vida, su mensaje y su espiritualidad fueron, en este sentido, revolucionarios. Jesús no fue un formador. No propuso algunas mejoras de las creencias las prácticas religiosas de su tiempo, a la manera de un remiendo en un vestido viejo. Jesús volvió el mundo, tanto judío como gentil, del revés. Esto no significa que fuera típico revolucionario en el sentido político de la palabra. Él no quería simplemente reemplazar a quienes estaban en el poder por otros que aún no estaban en el poder. El pretendía algo más radical que eso. Tornó los valores de su tiempo, en toda su variedad, y los volvió del revés. Estuvo empeñado en una revolución social, no en una revolución política; una revolución social que exigía una profunda conversión espiritual.

 

Una revolución social es la que vuelve del revés las relaciones sociales entre las personas en una sociedad. Una revolución política es la que cambia las relaciones de poder en una sociedad derrocando un gobierno y remplazándolo por otro. Jesús, como la mayoría de los judíos oprimidos de su tiempo, esperaba la liberación política de la opresión romana. Pero se vio a si mismo como un profeta cuya misión inmediata era la introducción de una revolución social y espiritual. El desmantelamiento de las estructuras de poder vendría después.

 

Poner el mundo del revés

 

Los dichos de Jesús, especialmente los reunidos en el Sermón de la montaña, eran subversivos respecto de casi todo lo que sus contemporáneos daban por sentado. El hablaba de poner la otra mejilla en vez de vengarse, de amar a los enemigos en vez de odiarlos, de hacer el bien a quienes nos odian, de bendecir a quienes nos maldicen y de perdonarlos setenta veces siete (Mt 5,38-43; Lc 6,27-37; Mt 18,22). Esto habría bastado para revolucionar las relaciones sociales entre los campesinos a quienes predicaba, así como las relaciones entre diferentes grupos y clases y entre religiones y naciones. Pero Jesús no se detuvo ahí. Mas revolucionario aún fue lo que tenía que decir sobre los ricos y los pobres.

 

Lo que se daba por supuesto era que Dios había bendecido a los ricos con la riqueza y que eran afortunados. Jesús se alzó y proclamó todo lo contrario: «Dichosos vosotros, los pobres» (Lc 6,20). En otras palabras, los dichosos y afortunados no son los ricos, sino los pobres. Esto no significa que sea bueno ser indigente y estar necesitado. Tampoco es una promesa de que un día los pobres serán ricos. Significa: «Tienen que considerarse afortunados por no estar entre los ricos y los pudientes». Los desafortunados son precisamente los ricos: «¡Ay de ustedes, los ricos!» (Lc ;6,24). Ellos deberían ser dignos de lástima, porque les va a resultar muy difícil vivir en el mundo del futuro (el reino de Dios), donde todo habrá de compartirse. A los ricos les resultará muy difícil compartir. Serán como camellos tratando de pasar por el ojo de una aguja. Los pobres son afortunados porque les resultara fácil compartir.

 

Para apreciar algo del impacto que aquel cambio radical debió de tener, podemos imaginamos a alguien que vaya hoy de un lado para otro diciendo que los ricos y quienes tienen un alto nivel de vida no son dichosos; que, en realidad, son los más desafortunados. ¿Por qué? Porque la única manera de que la raza humana pueda sobrevivir será que los ricos bajen su nivel de vida y compartan su riqueza con otros. A los ricos les resultará muy difícil.

 

De modo parecido, Jesús dice que si los otros te odian, te excluyen, te insultan y te difaman, tienes que alegrarte porque así es como se trata siempre a los profetas. Cuando hablan bien de ti, es cuando puedes considerarte desafortunado (Lc 6,22.23.26). En otras palabras, olvídate de tu reputación. Cuando las personas te critican y te desacreditan, puede ser una bendición disfrazada para ti.

 

 

 

Igual dignidad

 

Jesús mantuvo incondicionalmente su creencia de que todos los seres humanos eran iguales en dignidad y valor. Trató a los ciegos, los cojos y lisiados, los marginados y mendigos con tanto respeto como a quienes gozaban de un alto rango y estatus. Se negó a considerar que las mujeres y los niños tuvieran menos importancia o fueran inferiores. Esto volvió del revés una sociedad cuidadosamente ordenada de estatus y honor, y más aún cuando abogó por descender en la escala social, en vez de esforzarse por subir hasta la cima. Enseñó a sus seguidores a ocupar el puesto más bajo, de modo que, cuando discutían entre ellos sobre quien era el más grande, puso en medio de ellos a un niño pequeño, una persona que no tenía ningún rango o estatus en aquella sociedad, y les dijo que se esforzaran por ser como niños (Mc 9,33-37 par).

 

Entre otras cosas, esta aproximación derriba de sus tronos a «los sabios y entendidos», que no tienen el monopolio de la verdad. De hecho, su sabiduría y enseñanza puede hacer que no vean la verdad. Con bastante frecuencia, el pequeño, sencillo y sin formación, es más sabio que instruidos. «Te doy gracias, Padre», dice Jesús, «porque has revelado estas cosas a los instruidos y a los sabios, sino a los meros niños» (Lc 10,21 par).

 

Entre las personas que serían consideradas como meros niños en clave de estatus e instrucción en tiempos de Jesús y que, por lo tanto, habrían apreciado su mensaje, se encontraban las mujeres. Una de las formas en que Jesús volvió del revés su mundo consistió en conceder a las mujeres exactamente el mismo valor y la misma dignidad que a los varones. Destacó entre sus contemporáneos como el único maestro que podía contar con mujeres entre sus amigos y discípulos. Se nos habla de María de Betania, a quien él animó a que se sentara a sus pies como un discípulo (Lc 10,38-42). Más controvertida aún fue su estrecha amistad con María Magdalena, a quien enseñó y con quien, al parecer, habló de muchas cosas. El hecho de que se mezclara tan libremente con las mujeres, especialmente con las que eran conocidas como prostitutas, era un verdadero escándalo (Lc 7,39; Mt 11,19). Lo único que no le preocupaba a Jesús era su reputación.

 

Lo que sí le preocupaba era la manera en que las prostitutas y las mujeres sorprendidas en adulterio eran tratadas en aquella sociedad. Ellas, y no los varones, eran acusadas y condenadas como pecadoras. La prostitución y el adulterio no son posibles si no hay demanda por parte de los y si éstos no proporcionan el dinero. ¿Por qué se echa siempre la culpa a las mujeres? La posición de Jesús queda bellamente ilustrada en la escena en que salva a la mujer acusada de adulterio de los hombres que querían apedrearla (Jn 8,1-11).

 

Relatos subversivos

 

En su libro sobre la teología del relato, John Dominic Crossan sostiene que, mientras que un mito es un relato que confirma el statu quo y reconcilia sus aparentes contradicciones, una parábola es un relato que socava el statu quo y revela sus contradicciones.

El carácter subversivo de un dicho como: «Quienes se ensalcen serán humillados y quienes se humillen serán ensalzados» (Lc 14,11; 18,14; Mt 23,12) queda patente para nosotros en la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos que suben al templo para orar (Lc 18,9-14).

 

En tiempos de Jesús, los escribas y los fariseos eran muy estimados. Junto con los sumos sacerdotes y los ancianos, eran los líderes religiosos que sabían lo que era grato y lo que no era grato a Dios. Por otro lado, los recaudadores de impuestos eran odiados por todos y tratados como marginados en aquella sociedad. El sistema impositivo era extremadamente injusto. Había tres impuestos que sangraban despiadadamente a los pobres: el tributo romano, el tributo de Herodes y el tributo del templo. Pero quienes tenían que hacer frente a la ira y el rechazo del pueblo eran los recaudadores de impuestos. Es indudable que muchas veces explotaban la situación en beneficio propio. Sin embargo, Jesús sentía cierta simpatía y comprensión hacia esos hombres a los que, como a las prostitutas, siempre se les echaba la culpa. Contra las expectativas de todos, eligió quedarse en casa de Zaqueo, el infame recaudador de impuestos de Jericó (Lc 19,1-10).

 

En la parábola se invierten todas las expectativas. El fariseo no queda justificado a los ojos de Dios, porque es orgulloso y jactancioso: «Dios, te doy gracias porque no soy como los demás». El recaudador de impuestos, en cambio, es justificado a los ojos de Dios porque se humilla.

 

Mientras todos daban por sentado que los jefes religiosos, como los escribas y los fariseos, los sumos sacerdotes los ancianos, serían los primeros en ser aceptados en el reino de Dios, Jesús se atrevió a alzar su voz para decir que prostitutas y los recaudadores de impuestos entrarían en el nuevo mundo de Dios antes que los dirigentes religiosos (Mt 21,31). Esto debió de trastornar las presuposiciones de casi todos, incluidas las prostitutas y los recaudadores de impuestos: «Los primeros serán últimos, y los últimos serán primeros» (Mc 10,31).

 

El relato del Samaritano que ayudó a un judío herido a quien habían robado y apaleado, mientras que un sacerdote y un levita judíos habían pasado de largo (Lc 10,30-37), subvierte todos los mitos sobre judíos y samaritanos. Se pensaba que los samaritanos eran herejes y medio paganos. Jesús dice a sus correligionarios judíos no sólo que tienen que incluir a los odiados samaritanos en su amor al prójimo, sino que además tienen que aprender algo de un samaritano sobre el amor al prójimo.

 

Para apreciar el impacto que este relato debió de tener en los contemporáneos de Jesús podríamos pensar en el efecto que tendría hoy el relato de un soldado cristiano herido que es ayudado por un fundamentalista musulmán, mientras que un capellán militar cristiano y un trabajador social cristiano pasan de largo. ¿Imposible? ¿Por qué? La significación de las parábolas de Jesús hoy consiste en que nos sacuden y nos hacen romper con nuestros prejuicios.

 

En la parábola de los trabajadores de la viña (Mt 20,1116), Jesús vuelve del revés la comprensión aceptada de justicia. Cuando el amo paga a los que trabajaron en la viña durante una hora tanto como a los que trabajaron todo el día, ¿no está cometiendo una injusticia? Jesús dice que no. El amo paga a los que trabajaron soportando el calor del día el salario que habían acordado. De hecho, un denario era un salario muy generoso por un día de trabajo. Cuando estos trabajadores se quejan, no es porque se haya cometido una injusticia con ellos, sino porque el amo ha sido generoso con los otros. En otras palabras, no es una cuestión de justicia, sino de envidia. El amo decidió pagar a quienes, habían trabajado poco tiempo el mismo salario, porque sus necesidades y las necesidades de sus familias serían las mismas.

 

En la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32) el hermano mayor siente que ha sido tratado injustamente. El siempre ha hecho lo correcto; entonces, ¿por qué se celebra una fiesta para su depravado hermano, que ha derrochado su fortuna irresponsablemente, y no para él? Pero, tal como Jesús lo ve, el hermano mayor no ha sido tratado injustamente; simplemente, está celoso. Quiere ser el preferido. Quiere que su hermano sea castigado, no perdonado.

 

La relativización de la ley

 

La espiritualidad del tiempo de Jesús estaba basada en la ley, la Torá. Jesús la volvió también del revés, pero no rechazando la ley, sino relativizándola. Dice Jesús: «El sábado ha sido hecho para el género humano, y no el género humano para el sábado» (Me 2,27). En otras palabras, las leyes del sábado y, por implicación, todas las leyes de Dios, han sido concebidas para nuestro servicio como seres humanos. No existimos para servir o dar culto a la ley. Eso sería idolatría.

 

Así pues, Jesús se sintió perfectamente libre para transgredir la ley cada vez que su observancia podía hacer daño a las personas, porque la intención de la ley nunca fue hacer daño a las personas. No obstante, su conducta fue considerada como irremediablemente escandalosa, especialmente cuando enseñó a sus seguidores a hacer lo mismo (Mt 12,1-5).

 

En la cultura religiosa de aquel tiempo, la ley no eran sólo los diez mandamientos, sino también todo el sistema de pureza ritual que conocemos con el nombre de «Código de santidad». Todo - tiempo, espacio, personas, cosas y alimentos- estaba ordenado y dispuesto según una serie de grados de mayor o menor santidad o pureza.

 

Jesús vio todas las leyes de pureza ritual como tradiciones humanas que distorsionaban las intenciones de la ley de Dios (Mt 15,1-20 par). «No es lo que entra por la boca lo que mancha a la persona; lo que sale de la boca es lo que la mancha» (Mt 15,11). Jesús no sólo ignoraba la distinción entre alimentos puros e impuros y sobre el lavatorio ritual de las manos antes de comer, sino que tocaba los cadáveres, a los leprosos y a las mujeres menstruantes, cosas y personas todas ellas que eran tabú según el Código de santidad.

 

Lo que le importaba a Jesús eran las personas y sus necesidades. Todo lo demás estaba en función de ellas.

 

El reino al revés

 

Jesús vivió en un tiempo en que el pueblo judío estaba en «alerta máxima» esperando la inminente llegada de un Mesías que restauraría el reino tanto tiempo esperado, o reino de Dios. Las expectativas en torno a qué, cuándo, dónde y cómo, variaban enormemente. Se especulaba mucho al respecto. ¿Habría alguna intervención milagrosa divina? ¿Serían derrotados los romanos? ¿Entraría triunfalmente el Mesías-rey en Jerusalén con un ejército? ¿O sucedería todo ello de otra forma?

 

Los esenios se habían retirado al desierto para purificarse y estar preparados para el acontecimiento. Juan el Bautista esperaba que el juicio de Dios descendiera sobre Israel. Las personas comunes y sencillas esperaban y oraban para que Jerusalén fuera liberada de los romanos (Lc 1,68.71.74; 2,25.38). Al final del evangelio de Lucas, los dos discípulos que caminan hacia Emaús dicen que habían esperado que Jesús fuera el liberador de Israel (Lc 24,21).

 

Jesús dio un vuelco a tales expectativas. El tenía una idea muy diferente de lo que el reino de Dios en la tierra podría significar, y la razón fundamental era que veía a Dios de un modo diferente. Dios no era como un gran emperador, como los que dominaban sobre las personas y hacían sentir su autoridad (Mc 10,42 par). Tampoco era como un dictador benevolente. Jesús había llegado a experimentar a Dios como un Padre amoroso, su abbá. Por consiguiente, Jesús veía el reino de Dios más como el «reino» del padre amoroso de la parábola que perdona a su hijo pródigo incondicionalmente, se alegra por el retorno de su hijo perdido, no piensa en un castigo o punición y no quiere saber nada del libertinaje y el despilfarro de su hijo. Lo único que quiere hacer es celebrar una fiesta con su familia (Lc 15,11-32).

 

La comunidad o sociedad que Jesús esperaba se parecía más a una familia de hermanos y hermanas que tiene a Dios como padre amoroso. Su imagen del reino o reinado de Dios era la de una familia feliz y llena de amor, no la de un imperio conquistador y opresor.

 

Así pues, el reino de Dios no descendería de lo alto, sino que ascendería desde abajo, desde los pobres, los pequeños, los pecadores, los marginados, los perdidos ...: desde los poblados de Galilea. Ellos llegarían a ser como hermanos y hermanas que cuidan unos de otros, se identifican unos con otros, se protegen y comparten mutuamente.

 

Esto no implica sugerir que la actitud de Jesús hacia la familia fuera en modo alguno convencional. El dio un vuelco también a todo esto. Nada podía ser tan chocante como su dicho: «Si alguien viene conmigo y no odia a su madre, esposa, hijos, hermanos, hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,26). Lo él quería decir, obviamente, era «y no deja de preferir…». En otras palabras, uno no puede ser un miembro del reino-como- familia de Dios si sigue dando preferencia a su propia familia convencional.

 

Vemos que esto es precisamente lo que hace Jesús, pues no da preferencia a su propia familia. Cuando le informan de que su madre y sus hermanos están buscándolo, responde:

 

«"¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?". Y mirando entonces a los que estaban sentados a su alrededor, añadió: "Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre"» (Mc 3,33-35).

 

Ve a su madre como dichosa, no por ser su madre biológica, sino porque «escucha la palabra de Dios y la guarda» (Lc 11,27-28). Jesús quiere salir de las limitaciones de la familia carnal o de la familia de parientes próximos para formar la familia más amplia del reino de Dios. Un amor exclusivo a los familiares más próximos sería una forma de egoísmo de grupo.

 

Esto no significa que Jesús vea el nuevo reino -como- familia como la totalidad de la raza humana. Tenemos que amar a todos los seres humanos, incluidos nuestros enemigos, y tratarlos a todos como hermanos y hermanas; pero la nueva comunidad es la familia de quienes se aman unos a otros. Si tu enemigo sigue odiándote y maldiciéndote, esa persona continua excluyéndose de la nueva familia de Dios. De hecho, los miembros de tu familia carnal podrían volverse contra ti y rechazarte a pesar de tu amor hacia ellos. Por esta razón, Jesús puede prever que la formación de una nueva familia de Dios podría dividir y causar conflicto dentro de nuestras familias, convencionales y limitadas (Lc 12,51-52 par).

 

Como todas las familias, la familia de Dios se reunirá en torno a una mesa para comer. Esto explica la centralidad de las comidas en la vida de Jesús, su «comensalidad», como se llama a veces. Lo que sigue a esas comidas es el compartir característico de la vida en familia. Lo vemos en la bolsa común de Jesús y sus discípulos y, más tarde, en la primera comunidad de Jerusalén (Hch 2,44-45; 4,32-37). Fue esta comprensión del reino como familia lo que llevó a los primeros cristianos a tratarse como hermanos y hermanas, algo que no habría hecho ningún otro grupo religioso de aquel tiempo. Además, parece que aquellos primeros cristianos se saludaban con un beso en los labios, algo que en aquellos días sólo hacían los miembros de la misma familia.

 

Con esta comprensión de lo que podría significar el reinado de Dios en la tierra empieza Jesús a hablar sobre el reino, no como un acontecimiento exclusivamente futuro que tenemos que esperar sentados. El reino de Dios es una realidad presente. Ya ha llegado a nosotros. No tenemos que esperar signos y portentos (Mt 12,38-39 par). Podemos detectar el dedo de Dios en lo que ya está sucediendo (Lc 11,20). La comunidad o familia de Dios es como la levadura que actúa ya en el mundo (Mc 13,33 par). Es un grano de mostaza que crecerá y se convertirá en algo mucho más grande (Mc 4,31-32 par).

 

También aquí dio Jesús un vuelco a las expectativas de sus contemporáneos. Lo que estamos esperando ya ha llegado. Eso no significa que tengamos que renunciar a la esperanza en un mundo mejor. Lo importante es comprender que la semilla o embrión de ese mundo futuro está ya en medio de nosotros.

 

El Mesías al revés

 

Jesús se resistió extraordinariamente a hablar de sí mismo como Mesías. Y disuadió a sus discípulos de decírselo a la gente, porque él no era un Mesías en el sentido en que la mayoría de las personas entendían ese concepto (Mt 16,20 par). No tenía intención de ser servido por las personas, ni quería que sus discípulos fueran como jefes servidos por otros. El quería ser el siervo (Mc 10,42-45 par). Es difícil imaginar hasta que punto debió de resultarles extraño a sus contemporáneos este vuelco de la relación entre amo y siervo. El evangelista Juan lo capta vigorosamente en el relato donde describe cómo lava Jesús los pies de los discípulos (Jn 13,4-16).

 

Jesús no trató de evitar el papel extraordinariamente importante que había sido llamado a desempeñar. Estaba llamado a predicar, enseñar e introducir el reino o familia de Dios, pero tendría que hacerlo sufriendo y muriendo por ello. Su imagen del verdadero Mesías sería la del siervo sufriente descrito en el libro de Isaías (Is 52,13 - 53,12).

 

Este sería el vuelco más radical de todos. Jesús no iba a ser el Mesías conquistador y triunfante que aplastaría y mataría a los opresores de Israel, humillándolos y victimizándolos para liberar a su pueblo. El iba a triunfar siendo conquistado, arrestado, golpeado, humillado y clavado en una cruz como un esclavo rebelde o un criminal común: la muerte más desgraciada e ignominiosa imaginable en aquellos días.

 

El no era el vencedor, sino la víctima. Y, paradójicamente, éste sería su mayor logro. La verdad y la justicia estaban de parte de la víctima. De hecho, es ahí donde se encuentra Dios: tomando partido por las victimas del mundo. Esto es lo que Jesús dijo siempre.

 

René Girard ve el vuelco víctima-vencedor como la respuesta final al problema de la violencia. En lugar de sacrificar a alguien como chivo expiatorio para salvar al pueblo, Jesús asume el papel de chivo expiatorio o cordero sacrificial.

 

Desde el punto de vista del mundo que lo rodeaba, Jesús fue un fracasado. Lo arrestaron, lo acusaron y lo ejecutaron como traidor. Nada sirvió para volver del revés el mundo de aquel tiempo de un modo tan radical como el hecho de ver este fracaso como un éxito. Su disposición al fracaso fue lo que revolucionó la espiritualidad de aquel tiempo. Su muerte fue su triunfo.

 

La disposición de Jesús a morir por otros significaba que el estaba vivo, y sus verdugos muertos. Esta paradoja extrema era una parte muy importante de su espiritualidad. Ello expresó como una paradoja sobre la vida y la muerte que aparece de diferentes formas en todos los evangelios. Se puede resumir así:

 

«Quien salve su vida la perderá.

Quien pierda su vida la salvará».

 

Nada contradice la actitud convencional con respecto al ego de un modo tan absoluto. Cuando no estamos dispuestos a renunciar a nuestra vida por los demás, ya estamos muertos; cuando estamos dispuestos a morir por los demás, estamos realmente vivos. 0, dicho de otro modo, cuando no estamos dispuestos a abandonar nuestro ego, estamos muertos; cuando estamos dispuestos a desprendemos de el, empezamos a vivir con abundancia de vida. Esta es la raaz6n por la que, poco después de la crucifixión, María Magdalena y después los otros discípulos experimentaron que Jesús estaba completamente vivo, que había resucitado de entre los muertos .

 

Al derecho

 

Hasta ahora he descrito la crítica radical de Jesús como un poner el mundo al revés. Una manera más exacta de describirlo sería decir que Jesús estaba poniendo el mundo al derecho. Jesús estaba centrando la atención en un mundo sin todas las distorsiones y engaños del ego: orgullo, envidia, celos, egocentrismo, arrogancia, falta de amor y aislamiento de otros seres humanos como individuos y como grupos.

 

Jesús habló de este mundo al derecho como mundo de Dios, como el reino o familia de Dios naciente. De hecho, Jesús estaba apuntando al mundo real. Nuestra sabiduría convencional nos dice que el amor no egoísta y generoso es antinatural, y que es el interés personal lo que mantiene la economía en funcionamiento y motiva a las personas para realizar grandes cosas. Pero para Jesús éste no es el mundo real, sino que es un mundo al revés que debe ser puesto al derecho.

 

A muchos de sus contemporáneos les parecería que el mundo real que Jesús había descubierto era poco práctico, absurdo y falto de la aprobación por parte de la autoridad legítima. Pablo lo describe como la sabiduría paradójica de Dios:

 

«Los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los gentiles ... Pues la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana» (1Co 1,22-23.25).

 

Jesús irrumpió en escena en la Palestina de aquel tiempo con una nueva conciencia, con una sabiduría que las Escrituras llamarían «la sabiduría de Dios». Pero ¿dónde obtuvo este hombre de Nazaret tal sabiduría?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

II. Un profeta y un místico

 

En las especulaciones acerca de quién era Jesús, sus contemporáneos estaban de acuerdo en que, sin lugar a dudas era un profeta (Mc 8,27-28 par; Lc 7,16). Algunos pensarían que era un falso profeta, pero resulta claro que el habló y actuó como un profeta. Y ciertamente así se vio el propio Jesús a sí mismo (Lc 4,24). No parece al menos que contradijera jamás a nadie que lo tratara como profeta. Así, pues, la espiritualidad de Jesús era, en su inspiración básica, como la de los profetas hebreos.

  1. Alzar la voz

 

Los profetas son personas que alzan la voz cuando otros permanecen callados. Critican a su sociedad, su país o sus instituciones religiosas.

Esto produce inevitablemente una tensión e incluso algún conflicto entre el profeta y las autoridades establecidas. En las Escrituras hebreas vemos cómo los profetas chocaron con los reyes y a veces también con los sacerdotes. Jesús fue dolorosamente consciente de esta tensión o conflicto en las tradiciones de los profetas. «Dichosos ustedes cuando les odien, y cuando les excluyan, les insulten y les difamen... pues esto es lo que hacían sus antepasados con los profetas» (Lc 6,22.23 par). Jesús veía a quienes asesinaron a los profetas en el pasado como antecesores o predecesores de los escribas y fariseos (Mt 23,29-35).

 

La tensión o conflicto se produce entre la autoridad y la experiencia. Los verdaderos profetas no son parte de la estructura de autoridad de su sociedad o de su institución religiosa. A diferencia de los sacerdotes y de los reyes, los profetas nunca son nombrados, ordenados o ungidos por las autoridades religiosas. Experimentan una llamada especial que viene directamente de Dios, y su mensaje procede de su experiencia de Dios: «Así dice el Señor Dios».

 

Hemos visto con que audacia y radicalidad habló Jesús contra los presupuestos y las prácticas de las autoridades religiosas de su tiempo. Volvió su mundo del revés. Y el conflicto que ello ocasionó se hizo tan intenso que, al final, lo mataron para que no pudiera hablar.

 

Todo intento de practicar la misma espiritualidad que Jesús implicará aprender a hablar audazmente como él... y afrontar las consecuencias.

 

  1. Leer los signos

 

Normalmente, los profetas pueden predecir el futuro, pero no como adivinos, sino como personas que han aprendido a leer los signos de los tiempos. Centrando su atención en las tendencias políticas, sociales, económicas, militares y religiosas de su tiempo, y siendo plenamente conscientes de ellas, los profetas fueron capaces de ver lo que se avecinaba.

 

La lectura de los signos de los tiempos debió de ser una parte integrante de la espiritualidad de Jesús.

 

En primer lugar, como muchos de los profetas hebreos, Jesús tuvo que ver en el horizonte los amenazadores ejércitos de un poderoso imperio en este caso, el imperio romano. Los profetas conocían bien el poder imperial. En diferentes momentos de su historia, el pueblo de Israel había sido oprimido por los egipcios, los cananeos, los asirios, los babilonios, los persas y los griegos. Los profetas alertaban contra la colaboración con esas estructuras de poder y prometían que, una tras otra, empezarían un día a decaer y se derrumbarían, como así ocurrió. En esto vieron los profetas el dedo de Dios.

 

Según la visión de Jesús, no iba a pasar mucho tiempo antes de que los ejércitos romanos se sintieran suficientemente provocados para atacar y destruir Jerusalén. «Cuando vean a Jerusalén rodeada de ejércitos, sepan que se acerca su devastación» (Lc 21,20). «Llegará un día en que tus enemigos te rodearan con trincheras, te cercarán y te acosarán por todas partes; te pisotearán a ti y a tus hijos dentro de tus murallas. No dejarán piedra sobre piedra en tu recinto, por no haber reconocido el momento en que Dios ha venido a salvarte» (Lc 19,43-44).

 

Para la mayoría de los judíos, la destrucción del templo de Jerusalén significaría la destrucción de su culto, su cultura y su nación. A Jesús no le preocupaba el futuro del templo, sino el de los habitantes de Jerusalén, especialmente las mujeres y los niños, que tanto iban a sufrir a manos de los romanos (Lc 19,44; 21,21-24). Pero Jesús sabía, como habían sabido los profetas hebreos, que todos los imperios aparecen y desaparecen. «Jerusalén será pisoteada por los gentiles [romanos], hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles» (Lc 21,24)1.

 

Lo que Jesús tuvo que ver también fue la espiral de violencia en que estaban atrapados los campesinos galileos. Estudios recientes nos han dado a conocer la sociedad campesina en que vivió Jesús y el hecho de que el propio Jesús fue un campesino. Tanto los artesanos como los carpinteros y los pescadores eran también campesinos. Los campesinos no sólo eran pobres, sino que eran explotados y oprimidos, y no sólo por los romanos, sino también por Herodes y los terratenientes ricos. Estaban sometidos a impuestos tan gravosos que, casi inevitablemente, terminaban endeudados. Como su difícil situación continuaba empeorando, lo que se desarrollaba era una espiral de violencia. Los campesinos y artesanos trataban de resistir a esta situación de explotación. El resultado era la represión violenta, que, a su vez, conducía a la revuelta, dando origen a una represión aun mayor.

 

Jesús leyó los signos de los tiempos desde la perspectiva de un campesino galileo y vía que en esta espiral de violencia no había ninguna esperanza para los pobres y los oprimidos. Las personas se sentían impotentes y desvalidas. El texto donde se nos dice que Jesús vía a las muchedumbres «despojadas y abatidas, como ovejas sin pastor» (Mt 9,36) ¿se refiere a los campesinos de Galilea?

 

La experiencia de inseguridad llevó a un rápido aumento del fervor religioso: nuevos movimientos, nuevas sectas y nuevas ideas. Muchas personas estaban ansiosas por saber que iba Dios a hacer y que quería que ellas hicieran. Aun cuando este fenómeno no era idéntico al hambre actual de espiritualidad, si era una búsqueda desesperada de Dios.

Al observar el dolor y el sufrimiento de los campesinos y de otras personas pobres que se estaban empobreciendo cada día más y clamaban por su pan de cada día, parece que Jesús, conmocionado por la hipocresía y el fariseísmo de muchos lideres religiosos y conmovido por el «desvalimiento» y la condición rota de muchas personas sinceras, descubrió que lo que la gente necesitaba era sanación. Y había signos de que ésta ya se estaba produciendo.

 

Cuando los discípulos de Juan el Bautista preguntaron a Jesús que estaba sucediendo, este les dijo:

 

«Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la buena noticia» (Mt 11,4-5).

 

La exitosa labor de sanación entre los pobres y las alentadoras noticias del amor de Dios que el propio Jesús lleva a los campesinos y los mendigos son el signo más destacado de que algo nuevo está naciendo. Esto era lo que había anunciado Isaías (29,18-19; 35,5-6; 61,1-2) y constituía un buen augurio para el futuro. Es algo que no hace sólo Jesús. También sus discípulos y algunas personas fuera de su círculo se dedican a esta gran obra (Lc 9,49-50 par).

 

En estos signos esperanzadores, y posiblemente en otros muchos, Jesús ve el dedo de Dios. Y si es la Obra de Dios, «entonces el reino de Dios ha llegado a ustedes» (Lc 11,20 par). En otras palabras, el reino de Dios ha empezado.

 

3. Mensajero de Dios

 

Jesús habló, como la mayoría de los profetas, de parte de Dios o en su nombre. De hecho, parece que lo hizo con más confianza y audacia que cualquiera de los profetas. Jesús no introduce su mensaje con palabras como «el Señor Dios dice», sino que, sencillamente, anuncia su mensaje con un « ... pero yo os digo».

 

¿De dónde sacó Jesús esta seguridad inquebrantable en que podía hablar tan directamente en nombre de Dios? «¿De dónde le viene a este esa sabiduría?», preguntan sus contemporáneos (Mt 13,54). Después de todo, Jesús no es más que un campesino de una insignificante aldea galilea llamada Nazareth.

 

Los profetas experimentan no sólo una llamada especial de Dios, sino también una especial cercanía a Dios que les permite comprender los «sentimientos» y «pensamientos» de Dios sobre lo que está sucediendo o sucederá en el futuro. Es esta experiencia mística de unión con Dios lo que les permite hablar en nombre de Dios.

 

Al leer los evangelios, la impresión general que nos producen es que Jesús fue un hombre muy activo: predicación, enseñanza, sanación y enfrentamiento con los jefes religiosos y políticos. Lo que no siempre percibimos es que detrás de todas estas actividades, y sosteniéndolas, había una vida de oración constante y de profunda contemplación.

 

Parece que uno de los recuerdos más constantes que los discípulos conservaron de Jesús es que era una persona que hacía oración con frecuencia. Muchas veces vieron cómo oraba. A veces se alejaba de ellos para orar (Mt 26,36; Lc 22,41; 11,1). En una ocasión, mientras él estaba orando, vieron cómo su aspecto cambió y su rostro brillaba (Mt 17,2 par).

 

Parece que Jesús aprovechó todas las oportunidades posibles para retirarse a un lugar tranquilo y apartado con el fin de orar y reflexionar. «Muy de madrugada, antes del amanecer», nos dice Marcos, «se levantó, salió, se fue a un lugar solitario y allí se puso a orar» (1,35; véase también 6,46 y Lc 4,42). Lucas dice que eso era lo que hacía normalmente (5,16). Antes de elegir a los doce apóstoles, pasó toda la noche en oración (Lc 6,12). Jesús recomienda orar en la privacidad del propio cuarto y denuncia la actitud de aquellos a quienes «les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para que los vea la gente» (Mt 6,5-6). A estas personas les llama hipócritas. Podemos estar seguros de que el pasaba mucho tiempo orando con las puertas cerradas.

 

4. Los años de contemplación

 

Jesús fue, ante todo, un contemplativo. Al parecer, su ajetreada vida pública empezó cuando tenía treinta años y no se prolongó más de tres años. El periodo anterior es conocido como la vida «oculta». Oculta o no, estoy seguro de que estuvo llena de oración, contemplación y un discernimiento doloroso. Si no, ¿cómo se explica que pudiera actuar con tanta claridad y confianza durante su breve vida pública? Era plenamente humano y, por tanto, tuvo que crecer y desarrollarse a lo largo del tiempo como cualquier otro ser humano. Como dice Lucas, «Jesús crecía en sabiduría y en estatura» (Lc 2,52; véase también Lc 2,40).

 

Llegada una cierta edad, tuvo que aprender a leer y escribir -en la sinagoga, sin duda-. Lucas nos lo presenta en el templo escuchando y haciendo preguntas a los teólogos eruditos de aquel tiempo, los escribas (Lc 2,41-50). De alguna manera tuvo que pasar años, muchos años, esforzándose por comprender el significado de las Escrituras, de los signos de los tiempos y de aquello que él mismo estaba llamado a ser y hacer.

 

Una experiencia particularmente importante del amor de Dios y de la llamada de Dios tuvo lugar mientras estaba orando después de su bautismo en el Jordán (Lc 3,21-22 par). Jesús sintió que el espíritu de Dios había descendido sobre él como una paloma y que había sido elegido para ser un profeta, siervo o hijo de Dios de un modo muy especial.

 

Los evangelios nos dicen que Jesús pasó cuarenta días en el desierto. El número «cuarenta» es simbólico: en el resuenan los cuarenta años de los esclavos hebreos en el desierto. Así, es posible que Jesús pasará más de cuarenta días en un lugar desierto. Sea como fuere, parece que habló de ese periodo como un tiempo de tentación en el que luchó por discernir la voluntad de Dios y la verdadera naturaleza de su llamada (Lc 4,1-13; Mt 4,1-11)5. ¿Tenía que dedicar su vida a encontrar pan para dar de comer a los hambrientos (cambiar las piedras en pan)? ¿Tenía que asumir el poder y el gobierno sobre Israel y los reinos del mundo (como prometió Satanás)? ¿Tenía que hacer algo sensacional, como saltar del pináculo del templo, para llamar la atención (esperando que los ángeles lo recogieran)?

 

¿Podemos ver aquí la lucha de Jesús con su ego? El ego, como hemos visto, es una falsa imagen de nosotros mismos con la que podemos identificarnos o que podemos rechazar como una tentación. ¿Podría Satanás ser la forma premoderna de pensar sobre lo que hoy llamamos nuestro ego?

 

También podemos sospechar que durante esos años más contemplativos Jesús se ocupó de leer los signos de los tiempos. Como ya observé en «¿Quién es este hombre?»: Jesús, antes del cristianismo, cuando Herodes arrestó a Juan el Bautista, Jesús dejó el desierto y el río Jordán, dejó de bautizar y dio comienzo a un ministerio asombrosamente nuevo de predicación y sanación en Galilea, centrado en los pobres, los pecadores y los enfermos, las ovejas perdidas de la casa de Israel. ¿No fue esto el resultado de una re-interpretación contemplativa de los signos de su tiempo? Lo que estaba amaneciendo era un nuevo tiempo, muy diferente del tiempo de Juan el Bautista.

 

En cualquier caso, Jesús fue haciéndose más profundamente consciente de su unión con Dios a medida que crecía en sabiduría y estatura durante los años anteriores al comienzo de su vida pública. Y aun cuando, obviamente, no podemos reconstruir este desarrollo de su conciencia, si hay algunos indicios que nos permiten comprender lo que pudieron significar su oración y su mística contemplativas.

 

5. La mística de Jesús

 

Jesús fue un místico. «Místicos» y «mística» no son palabras bíblicas, pero expresan perfectamente la experiencia que, al parecer, tuvieron los profetas bíblicos. Los escritos de los místicos pueden ayudarnos a interpretar las experiencias religiosas de los profetas, y en particular la experiencia excepcionalmente profunda de unicidad con Dios que tuvo Jesús. Todos los místicos hablan de una experiencia de unión o unicidad con Dios.

 

La unicidad singular de Jesús con Dios ha sido el tema de muchos siglos de controversias teológicas y de definiciones doctrinales y dogmáticas. No es esto lo que aquí nos ocupa. Lo que estamos buscando son algunos indicios del modo en que Jesús pudo experimentar su unicidad con Dios.

 

Los estudiosos hablan hoy de la experiencia que tuvo Jesús de unión con Dios como su experiencia abba, la experiencia que tuvo de Dios como su Padre amoroso. Otros místicos describen su experiencia en clave matrimonial y de unión sexual, o como el nacimiento en ellos del Hijo de Dios, o como un perderse y mezclarse con Dios o con el Absoluto. Jesús la experimentó como una relación padre e hijo o progenitor-hijo.

 

Todos los místicos nos dicen que las palabras o imágenes que usamos para describir la unión con Dios son inadecuadas. Nada podrá transmitir nunca la experiencia, sin palabras ni imágenes, de unión con Dios. No obstante, necesitamos usar palabras o metáforas, aunque sean inadecuadas, para hablar sobre la más profunda de las experiencias humanas. Jesús lo hizo hablando a Dios y sobre Dios como su abba.

 

Uno de los recuerdos más intensos que los discípulos tenían de Jesús era que se dirigía a Dios con una palabra familiar, abba, en vez de emplear cualquier otra palabra religiosa sagrada, y que enseñó a sus discípulos a hacer lo mismo. Esto les resultó tan sorprendente e insólito que la palabra aramea original empleada por Jesús se conserva, en varios pasajes del Nuevo Testamento, junto al término griego, como en «abba, Padre» (Mc 14,36; Ga 4,6; Rm 8,15). Como forma de dirigirse y de referirse a Dios, era única.

 

En nuestro intento de comprender la espiritualidad de Jesús, la significación de su uso del término abba no radica en que sea masculino o en que se trate de la palabra que podía usar un niño, sino en que expresa intimidad. Jesús habla de Dios como de un padre amoroso que abraza, sostiene y protege a su hijo o a su hija. Y, al igual que el amor de cualquier padre bueno, es cálido, incondicional y totalmente digno de confianza. Algunos podrían asociarlo más con una madre entregada que con un padre, aunque sea tierno; pero hoy no son pocos los padres afectuosos, como tampoco lo fueron en el pasado.

 

Más revelador aún que el uso de la palabra abbá es la descripción que Jesús hace del padre amoroso en la parábola del hijo pródigo. Este padre se alegra del retorno de su hijo perdido, no piensa en un castigo o punición, y no quiere saber nada de libertinaje y el despilfarro de su hijo. La reacción espontánea de este abbá es el perdón incondicional.

 

Jesús se vio a si mismo como el hijo que aprendió imitando a su Padre. Aprendió a perdonar incondicionalmente, como hace Dios. Aprendió a ser compasivo como su Padre es compasivo (Lc 6,36). Porque su Padre hace que el sol brille y manda la lluvia sobre justos e injustos, Jesús aprendió a amar a justos e injustos, incluidos sus enemigos y quienes lo perseguían (Mt 5, 44-45 par).

 

Si nos resulta difícil tomar a Jesús en serio y vivir como el vivió, es porque todavía no hemos experimentado a Dios como nuestro abbá. La experiencia de Dios como su abbá fue la fuente de la sabiduría de Jesús, de su claridad, su confianza y su libertad radical. Sin esto es imposible comprender por qué y cómo hizo las cosas que hizo.

 

6. La tradición místico-profética.

 

No hace mucho tiempo, había una clara tendencia a separar lo espiritual de lo político, la oración del trabajo por la justicia, la mística de la acción profética. Parecía que quienes sentían hambre de espiritualidad no tenían sed de justicia. Se pensaba que la política y la lucha por la liberación eran absolutamente mundanas y nada espirituales. Por otro lado, quienes se sentían movidos por la pasión por la justicia y la libertad solían pensar que el recurso a la oración y a la mística significaba un individualismo escapista.

 

Había, obviamente, muchas excepciones notables, personas que veían la oración y la justicia como las dos caras de la misma moneda. Pienso en Thomas Merton, Dorothy Day, Óscar Romero, Helder Cámara, Dorothee Sölle, Mahatma Gandhi y otras muchas personas de diferentes tradiciones religiosas en Sudáfrica y en otras partes. Lo que nos interesa aquí es la forma extraordinariamente sencilla en que la profecía y la mística forman un todo inseparable en la vida y la espiritualidad de Jesús.

 

Hoy lo llamamos «tradición místico-profética». Este término se emplea cada vez con más frecuencia en la teología y la espiritualidad cristianas, no sólo como un intento de superar los antagonismos entre las dos en el pasado reciente, sino también como una forma de reconocer que tradicionalmente, al menos en la tradición judeo-cristiana, no existió tal división o antagonismo. Los profetas eran místicos, y los místicos eran profetas. Era impensable que una persona pudiera ser un profeta que hiciera un llamamiento a la justicia y al cambio social sin tener alguna experiencia de unión con Dios. Igualmente impensable era que alguien pudiera ser un místico cabal si no hablaba abierta y críticamente sobre las injusticias de su tiempo. Con frecuencia olvidamos que los místicos, desde Basilio el Grande hasta Catalina de Siena, alzaron su voz audazmente contra las injusticias de los ricos, los poderes políticos y las autoridades eclesiásticas de su tiempo.

 

Fueron personas que tomaron a Jesús en serio y que, como el propio Jesús, hundían sus raíces en una espiritualidad místico-profética.

 

7. Autoridad institucional

 

Siempre he sentido que había dos historias de la Iglesia cristiana: por un lado, la historia de la institución, con sus papas y sus luchas de poder, sus cismas, conflictos y divisiones, su caza de herejes y su burocracia; por otro, la historia paralela de los mártires, santos y místicos, con su entrega a la oración, la humildad y el sacrificio, su libertad y alegría, su intrepidez y su profundo amor a todos y a todo. A esta última historia le llamamos tradición místico-profética, y a la primera he optado por llamarle la tradición de la autoridad institucional.

 

Siempre ha habido un cierto solapamiento entre ambas, pero en general estas dos historias o tradiciones han seguido caminos paralelos y se han encontrado a menudo en tensión y conflicto. Hemos visto cómo los profetas hebreos se enfrentaron a la autoridad religiosa y política, pero lo mismo se puede decir de los santos y los místicos. Incluso una mirada superficial al libro de Robert Ellsberg, All Saints, revela la notable persistencia con que los santos y los místicos se encontraron en conflicto, o al menos en una relación tensa, con las autoridades religiosas de su tiempo.

 

Los místicos, como los profetas, no son nombrados por ninguna autoridad religiosa para cumplir su papel como místicos. La autoridad de los santos, místicos y profetas se ha basado siempre en su santidad o cercanía a Dios -su experiencia-. Y a la autoridad institucional le ha resultado siempre difícil tratar con esa libertad de espíritu.

 

Otra característica notable de la tradición mística ha sido el elevadísimo número de mujeres que destacan particularmente en ella, mujeres que escribieron extensamente sobre sus experiencias místicas y actuaron como consejeras y orientadoras de varones y mujeres de todo tipo. Sólo tenemos que pensar en grandes místicas como Catalina de Siena, Teresa de Jesús, Hildegarda de Bingen, Juliana de Norwich, Matilde de Magdeburgo y Catalina de Génova. Por otro lado, la institución ha seguido siendo sólidamente patriarcal. Quienes detentan la autoridad han sido y siguen siendo varones.

 

Lo que necesitamos observar sobre Jesús es que, en el conflicto entre la tradición místico-profética y la autoridad institucional dentro del judaísmo de su tiempo, el fue un representante por excelencia de la tradición místico-profética. Jesús no fue un sacerdote o un escriba. Fue un laico y, para colmo, campesino. La autoridad institucional estaba representada por los escribas y los fariseos, los sumos sacerdotes y los ancianos, los saduceos y el Sanedrín.

 

Pero sería erróneo pensar que Jesús rechazó de plano la institución religiosa de su tiempo. Respetó la institución como tal, «la cátedra de Moisés» (Mt 23,2), e incluso se puede decir que amó a todas las personas que formaban parte de ella. Pero rechazó por completo la manera en que se usaba y se abusaba de ella para oprimir al pueblo (Mt 23,3-4). Este ha sido el papel del profeta y del místico en todas las religiones y tradiciones religiosas, en todo tiempo y lugar, desde que existen las autoridades religiosas.

 

Se puede hacer un mal uso tanto de la tradición místico-profética como de la autoridad institucional. La autoridad institucional puede ser utilizada para dominar y oprimir. Por otro lado, algunos charlatanes pueden pasar por profetas, místicos y santos.

 

Jesús no fue un anarquista, en el sentido de que pensara que es posible vivir en sociedad sin ninguna estructura de autoridad. Lo que quería era dar un vuelco al establishment religioso de su tiempo. Y con esta idea en la mente empezó a construir el reino-familia de Dios como el nuevo Israel con la nueva estructura de los doce apóstoles. Parece que quiso establecer una estructura más parecida a una familia; una estructura igualitaria en la que quienes tuvieran autoridad la ejercieran como un servicio a los otros. Cuando los doce empezaron a discutir acerca de quien de ellos era el mayor, el les dijo que no fueran como los jefes que hacen sentir su autoridad y dominan a los otros, sino como siervos que quieren servir, en vez de ser servidos (Mc 10,42-45 par). Una espiritualidad místico-profética es relevante también para quienes ocupan posiciones de autoridad.

 

8. Una espiritualidad místico-profética para todos

 

Quien quiera tomar a Jesús en serio tendrá que estar preparado para convertirse en un profeta y un místico. En la historia de Israel antes de Jesús, los profetas eran individuos raros. Jesús se propuso abrir el espíritu de profecía a todos. Cualquiera puede y tiene que leer los signos de los tiempos, del mismo modo que cualquiera puede (¡hasta cierto punto!) mirar al cielo y prever el tiempo que hará mañana (Mt 16,1-4).

 

Todos podemos llegar a ser lo bastante valientes para alzar la voz como profetas. Esta fue la experiencia de los primeros cristianos después de la muerte de Jesús. La efusión del Espíritu en Pentecostés, y a partir de ese día, fue una efusión del espíritu de profecía. Como dice Pedro en el libro de los Hechos (2,17) citando al profeta Joel: «En los últimos días ... derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán sus hijos y sus hijas, sus jóvenes verán visiones, y sus ancianos soñarán sueños» (2,18).

 

También podemos llegar a ser místicos. De hecho, como hemos visto, la profecía y la mística van unidas. La unión mística con Dios no es una experiencia reservada a algunas personas muy especiales y privilegiadas. Es cierto que no todos tienen las mismas oportunidades para explorar tal posibilidad. Pero Jesús no pensó que únicamente el podía experimentar una intimidad con Dios como su abbá. Dios era el abbá y Padre de todos: «Mi Padre y su Padre» (In 20,17); «Padre nuestro» (Mt 6,9 par). Todos podemos experimentar un cierto grado de intimidad con Dios, como veremos.

 

Según la tantas veces citada predicción de Karl Rahner, el gran teólogo del siglo xx, «el cristiano del futuro será un místico o no será».

 

Como lleguemos ahí es otra cuestión.

 

Educación religiosa

EL HUMANISMO CRISTIANO

 

1. El humanismo cristiano

1.1. Las bases del humanismo cristiano.- Durante los dos últimos siglos, entre los humanismos cerrados a Dios, se ha ido abriendo paso un humanismo que parte de criterios evangélicos y hunde sus raíces en el interés por todo lo humano a partir de una concepción cristiana del hombre y de la vida. Su principal expresión es el llamado humanismo cristiano, concepto bastante moderno. 

 

Desde finales del siglo XIX y a lo largo del XX, muchos pensadores cristianos han tenido en cuenta la realidad de una sociedad cambiante, que se iba alejando progresivamente de Dios, y han sentido la necesidad de profundizar en la visión del hombre y de la sociedad desde una perspectiva cristiana.

 

La filosofía centrada en la dignidad de la persona humana surge como una reacción contra dos corrientes opuestas, el totalitarismo y el individualismo*.

 

Se suele considerar que el actual humanismo cristiano está ligado al resurgir de la Doctrina Social de la Iglesia, especialmente a partir de la Rerum novarum de Leon XIII (1891).

Con esta encíclica la Iglesia trató de presentar ante el mundo una doctrina defensora del hombre, que pudiera superar las profundas deficiencias éticas del liberalismo individualista y de los totalitarismos. La Iglesia se presentó al mundo moderno como portadora de una visión de la sociedad y de una ética capaces de dar respuesta a las necesidades más profundas del ser humano actual.

 

1.2. Un mundo más humano

Juan Pablo II dedicó a Cristo y al hombre la primera encíclica de su pontificado. He aquí un párrafo de este importante documento en el que nos presenta algunas claves para comprender el papel del humanismo cristiano en nuestra época: “El progreso de la técnica y el desarrollo de la civilización de nuestro tiempo (...) exigen un desarrollo proporcional de la moral y de la ética. Sin embargo, esto último parece, por desgracia, haberse quedado atrás. Por esto, este progreso (...) no puede menos que engendrar múltiples inquietudes.

 

• La primera: ¿este progreso, cuyo autor es el ser humano, hace la vida del hombre sobre la tierra, en todos sus aspectos, "más humana"? (...) Esta pregunta vuelve a plantearse obstinadamente en lo que se refiere a lo verdaderamente esencial: si el hombre, en cuanto hombre, en el contexto de este progreso, se hace de veras mejor, es decir, más maduro espiritualmente, más consciente de la dignidad de su humanidad, más responsable, más abierto a los demás, particularmente a los más necesitados (...). Esta es la pregunta que deben hacerse los cristianos, precisamente porque Jesucristo los ha sensibilizado así universalmente en torno al problema del hombre” (Redemptor hominis nº 15).

 

El humanismo cristiano se podría caracterizar por estas cuatro notas:

 

• la dignidad de la persona humana y sus derechos fundamentales, comenzando por el derecho a la vida.

• La solidaridad

• la justicia social y la paz entre las naciones

• Apertura a Dios y a su proyecto salvador para la humanidad.

 

2. Humanistas cristianos

Dentro de estos, unos glosan una concepción integral del hombre; otros, inciden en aspectos de la persona como individuo; un tercer grupo ilustra el mundo de las relaciones humanas (son los llamados filósofos del diálogo); otros desarrollan un humanismo cristiano desde los principios de la «fenomenología».

2.1. Jacques Maritain.- Filósofo neotomista francés (1882-1973) que se convirtió al catolicismo cuando tenía 24 años. Después de su conversión estudió a santo Tomás de Aquino, de quien siempre se consideró discípulo. En su libro Humanismo integral (1936) se propone presentar las bases de un humanismo verdadero para construir una nueva sociedad de inspiración cristiana.

 

Parte de una crítica de la antropología que está detrás del marxismo totalitarista y del individualismo liberal, y afirma que los dos se equivocan, porque no reconocen la peculiaridad de la persona: son materialistas y solo conciben individuos y conflictos materiales entre individuos, por lo que construyen un mundo inhumano.

 

Maritain dice que el hombre, más que individuo, es persona: un ser abierto a las relaciones con los demás hombres y con Dios, un ser capaz de amar, un ser capaz de poseerse y de darse.

 

Utilizó esta distinción para exponer su doctrina sobre la sociedad: insiste en que el fin propio de la sociedad es el desarrollo de todos los ciudadanos como personas.

 

Es necesario, recuerda, crear las condiciones debidas para que surja una sociedad de personas, con lazos de relaciones personales. Afirma que la sociedad no es sólo la suma o agregación de individuos, sino una comunión de personas en la que se ha de respetar la dignidad de todo ser humano.

 

Mantiene que sólo el cristianismo tiene la fuerza verdadera para crear una auténtica y plena comunión de personas, se declara enemigo de todos los estatalismos y defiende que la democracia es el régimen que más se acomoda a la condición libre de las personas.

 

 

2.2. Gabriel Marcel.-

Gabriel Marcel (1889-1973). Filósofo existencialista, convertido al catolicismo cuando tenía 40 años, es el primero en plantear una tesis personalista en el humanismo cristiano.

 

En un diario filosófico, que tituló Ser y tener (1935), se fija en un fenómeno muy sencillo: cuando cada uno se refiere a su cuerpo, no dice directamente «yo», sino «mi cuerpo».

 

El cuerpo es algo «mío», profundamente “mío”, pero no es «yo». Yo «tengo» un cuerpo, pero no «soy» mi cuerpo; yo «tengo» una mano, pero no «soy» mi mano. Yo tengo también cosas y propiedades que son «mías», pero no son «yo», no son «mi ser».

 

Detrás de esas expresiones, se adivina una realidad profunda: unas cosas pertenecen al «ser» del hombre -soy “yo”- y otras, en cambio, al «tener» -son mías»-. El hombre es un ser que puede crecer en la dirección del ser o en la del tener: puede crecer teniendo más cosas o siendo más.

 

Cada hombre crece en el «ser» -es más hombre- cuando aumenta sus relaciones humanas, cuando se comunica, cuando se entrega, cuando ama, cuando hay plena coherencia en su vida. En su relación con los demás hombres y con Dios, el hombre se sitúa en el mundo como persona.

 

El hombre es un ser en un mundo de relaciones espirituales, la más importante de las cuales es el amor. Pero puede desnaturalizarlas: puede relacionarse con las personas como si fueran cosas; puede intentar poseerlas, utilizarlas, aumentar con ellas su «tener» -su poder, su dominio, su riqueza.

 

Cuanto más nos entregamos y amamos, cuanto más intensa es nuestra relación con otros seres humanos y con Dios, nuestra personalidad se hace más auténtica y profunda. Aunque nunca llega a ser perfecta en este mundo «roto», donde tantas limitaciones materiales y morales hacen difícil, y a veces dramática, esta empresa del amor.

 

Según Marcel, tanto el pensamiento del capitalismo liberal, como el colectivismo marxista olvidan esto; por eso, solo pueden producir una cultura del «tener», que empobrece al hombre y produce seres humanos deformes, que no se han desarrollado espiritualmente.

 

2.3. Emmanuel Mounier.- Filósofo francés (1905-1950), amigo de Jacques Maritain. En 1932 fundó la revista Esprit, que tenía por objeto «rehacer los fundamentos espirituales de la Europa contemporánea”.

 

Acuñó la expresión «personalismo* cristiano» para referirse a los ideales de su movimiento: «Llamamos personalista a toda doctrina, a toda civilización que afirma el primado de la persona humana sobre las necesidades materiales y sobre los mecanismos colectivos que sostienen su desarrollo».

 

Mounier fue también muy crítico con los totalitarismos fascistas y marxistas; pero su critica más aguda y original se dirige al individualismo liberal: “Existe en la individualidad una exigencia de mordiente, un instinto de propiedad que, en el dominio de sí mismo, es lo que la avaricia para la verdadera posesión».

 

Mantiene que la persona se mide por sus actos, que el reduce a cinco fundamentales: salir fuera de si, comprender, tomar sobre cinco fundamentales: salir fuera de sí, comprender, tomar sobre sí, dar y ser fiel. Así, dice: “La persona se gana perdiéndose; se posee, dándose”, expresiones con evidentes resonancias evangélicas.

 

Critica la masificación y despersonalización de las sociedades modernas. Piensa que son sociedades impersonales, fundadas en equilibrios jurídicos para regular el provecho de los particulares, sin intercambio personal y sin intimidad.

 

Merece la pena notar un detalle. En los países del Este de Europa, concretamente en Polonia, los principios teóricos del personalismo de Mounier sirvieron para criticar la deshumanización de la sociedad marxista y para abrir horizontes sobre lo que debería ser una sociedad cristiana. Bastantes expresiones de Mounier, popularizadas en el pensamiento católico francés, encontraron eco en la constitución apostó1ica Gaudium et spes del Concilio Vaticano II.

 

2.4. Julián Marías.- Filósofo español (Valladolid, 1914-2005), discípulo de José Ortega y Gasset. Su punto de partida es la “vida personal” de cada sujeto, a partir de la que elabora su teoría filosófica. Su texto más emblemático es Antropología filosófica, en el que la persona aparece como un ser narrativo, “futurizo” (proyectado hacia el futuro), corporal, sexuado, diverso como hombre y como mujer, pero con la impresionante capacidad de enamorarse y con la pretensión y el afán de la inmortalidad.

 

En su concepción, cada uno es responsable de su propia historia personal y, por tanto, social: “Los recursos de todo orden con que el conjunto de la humanidad empieza su vida son hoy inmensamente superiores que antes. Si no estamos en una época creadora, no tenemos disculpa. Somos responsables de nosotros mismos, de lo que hacemos con nuestras vidas”.

 

2.5. Edith Stein.- Filósofa alemana (1891-1942) discípula de Husserl y convertida al catolicismo en 1922; murió mártir en Auschwitz, por su doble condiición de judía y monja carmelita. Fue canonizada en 1998.

 

Edith Stein une el método fenomenológico con la sabiduría de la mística de santa Teresa de Jesús y de san Juan de la Cruz. Su principal obra, Ser finito y ser eterno, se ocupa del ser humano, que se entiende como imagen del ser divino.

 

El punto de partida es el propio “ser interior” del hombre, que parece “fluir” entre el ser y el no ser. Esto significa que el yo se “autoexperimenta” en el tiempo presente, entre lo que se ha ido y lo que viene. Y ahí el hombre topa en sí mismo con la separación entre el ser temporal y el ser eterno.

 

Como consecuencia queda establecido que el ser humano, observado hasta su fundamento, no está hecho por si mismo, ni tampoco es autosuficiente: “La peculiaridad del ser humano es lo enigmático de su "de dónde" y su "hacia dónde"”. El ser humano está imposibilitado para dar sentido a su pasado y a su futuro (y, por ello, también a su presente), y siente la acuciante necesidad de encontrar este sentido. Es en la confianza, en el abandono en Dios donde el ser humano encuentra una íntima seguridad, un flujo vital que asciende de una Actividad y de una Fuerza que no le pertenecen, pero que llegan a hacerse activas en él.

 

2.6. Karol Wojtyla.- Al hablar del humanismo cristiano es necesario aludir a Juan Pablo II. El temple intelectual de Karol Wojtyla viene marcado por su condición profesional de filósofo, profesor de Etica en la Universidad de Lublin (Polonia) antes de acceder al episcopado.

 

Dotado de una personalidad atractiva y optimista, e1 que fuera Juan Pablo II ha sido, ante todo, una persona y un cristiano lleno de esperanza. Para él, Cristo es el “modelo, la meta y el fin de la historia”; el hombre se realiza viviendo su vocación de entrega a los demás, a imitación del Maestro.

 

Ve en el materialismo egoísta la raíz de la falta de solidaridad que aqueja a la civilización globalizada. La abundancia de bienes materiales y la falta de generosidad para su distribución, es la causa mas notoria de la ceguera espiritual que padecen tantas mujeres y tantos hombres de nuestro tiempo.

 

Karol Wojtyla ha explicado que, con demasiada frecuencia, las concepciones del hombre que transmite la sociedad moderna se han convertido en auténticos sistemas de pensamiento que alejan de la verdad al excluir a Dios, creyendo que con ello están afirmando la primacía del hombre, en nombre de una pretendida libertad y de su pleno y libre desarrollo. Ha enseñado que esta mutilación profunda se convierte hoy en una auténtica amenaza para los seres humanos, pues lleva a concebir al hombre sin relación alguna con la trascendencia.

 

Por eso, una de las tareas esenciales de la Iglesia, en su diálogo con las culturas, consiste en guiar a nuestros contemporáneos en el descubrimiento de una sana antropología, que los lleve a conocer a Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre.

 

Educación religiosa

LOS HUMANISMOS NO CRISTIANOS

1. ¿Que se entiende por humanismo?

El humanismo es una orientación filosófica que consiste en partir del hombre como horizonte y perspectiva para cualquier proyecto cultural, social o político.

1.1. El humanismo en la Edad Media y Moderna.- El pensamiento sobre el hombre ha variado a lo largo de diferentes épocas y culturas. La irrupción del cristianismo en los primeros siglos de nuestra era reactivó y profundizó los postulados del pensamiento griego clásico. Esta perspectiva cristiana alcanzó su culmen en la armonía lograda en la Edad Media entre los saberes sobre Dios, el hombre y el mundo.

Al comienzo de la Edad Moderna se produjo en Europa un gran cam­bio respecto a los siglos anteriores que significó la pérdida de la mencio­nada armonía. Comenzó entonces a delinearse una nueva idea de la dignidad del ser humano, al que se convierte en medida del uni­verso. Sin existir una ruptura radical con el Medievo, empezó a disol­verse la unidad de la realidad trascendente y de la realidad sensible, y se sentaron las bases del “hombre moderno”, que es definido como imagen, centro y modelo del universo. Los humanistas del Renacimiento volvieron su mirada y su sensibilidad a las formas y al saber de la Antigüedad c1ásica. A esta etapa, que abarca buena parte de los siglos XV y XVI, se la denomina humanismo renacentista.

 

1.2. EI olvido progresivo de Dios (ss. XVIII Y XIX).- En los siglos XVIII y XIX se da un giro determinante en la reflexión humanista: la atención centrada en el hombre deriva, poco a poco, en un progresivo olvido de Dios. Ya en el siglo XVII, la con­cepción renacentista del hombre como medida de todas las cosas llega a su máxima expresión con las teorías filosóficas del idealismo continental y del empirismo inglés.

Descartes, primer idealista (“Pienso, luego existo”), ante pone definiti­vamente la razón del hombre a la realidad, convirtiéndola en el último criterio de verdad. Aplicando la lógica de estas proposiciones, toda una serie de filósofos (Spinoza, Leibniz, Kant ... y, finalmente, Hegel) irán definiendo al hombre con las características de la trascendencia, dando a la razón humana un valor absoluto y colocando la voluntad del hombre como fundamento de toda moral.

Paralelamente el empirismo (Locke, Hobbes y Hume), al negar la posibilidad de que el hombre pueda trascender el conocimiento sensible, abre el camino a la negación de todo aquello que no sea material: la existencia del alma humana y la posibilidad de conocer a Dios.

El final de este camino será el materialismo absoluto de Feuerbach y Marx (es decir, la aplicación a la materia de las cualidades que el idealismo atribuía al ser humano). De este modo, puede afirmarse que a partir de la Ilustración se intenta sustituir la base de la sociedad - la creencia religiosa- por diversas ideologías, desde el idealismo hasta llegar al materialismo, que a su vez da lugar a un nuevo huma­nismo materialista.

2. Algunos humanismos no cristianos

Fijemos nuestra atención en algunos pensadores no cristianos de los siglos XVIII al XX.

2.1. Voltaire.- El francés Francois-Marie Arouet (1694-1778), conocido como Voltaire, se encuadra en el ya citado movimiento de la Ilustración, común a casi toda la Europa del siglo XVIII.

Gran parte de la corriente anticristiana tuvo como vehículo la edición de la Enciclopedia, obra sobre todo de dos ilustrados, Diderot y D Alembert. Muchas de sus ideas fueron difundidas por Francia y luego por toda Europa a partir de la Revolución Francesa de 1789.

Voltaire fue un escritor muy incisivo. Su concepción del hombre es reduccionista: aunque «esencialmente bueno», el ser humano está condicionado por una naturaleza que no comprende y por unos régimenes políticos que limitan su libertad. Admite la existencia de leyes morales naturales y de la libertad personal, pero sostiene que el hombre está imposibilitado para conocer cualquier realidad trascendente.

Famosa es su postura sobre Dios «hay Dios porque no hay reloj sin relojero»), una forma de deísmo*.

A pesar de ser autor de un Tratado sobre la tolerancia, muy válida en muchos aspectos, se demostró intolerante con el cristianismo. El odio a toda religión revelada – y en particular al cristianismo- constituyó una obsesión constante en Voltaire.

2.2. Charles Darwin (1809-1882).-  Es uno de los representantes clásicos de la teoría de la evolución, que intenta explicar la diversidad de formas de vida. Según Darwin, la reproducción origina diferentes seres vivos (variabilidad de la descendencia), unos más y otros menos aptos a las condiciones del medio ambiente en el que están inmersos. Como consecuencia de la lucha por la vida, se produce la selección natural de los individuos, que deriva necesariamente en la supervivencia de los más aptos. Esta es la causa de la aparición de nuevas especies, mejor adaptadas a las características de su entorno en un determinado momento y, en último término, de la aparición del ser humano.

El evolucionismo darwinista fue interpretado desde la aparición de su obra, “El origen del hombre” (1871), como la demostración científica de un materialismo naturalista que suponía el origen exclusivamente material del ser humano. Según esta concepción, el hombre quedaba reducido a su componente animal. Así, lo que llamamos alma -para los materialistas, solo “mente”- sería resultado del proceso evolutivo. Todas las características específicas que definen a la humanidad no serían más que ejemplos de adaptación al medio, y la sociedad, un fenómeno de cooperación para la supervivencia de la especie.

Esta teoría sobre el origen meramente animal del hombre, sin intervención alguna de Dios, se difundió en los ambientes científicos y universitarios a partir de finales del siglo XIX. Del darwinismo no sale más que un humanismo materialista, por así decirlo, simplemente biologicista.

La doctrina de la Iglesia católica es compatible con la hipótesis científica del origen del hombre; no es compatible, sin embargo, con un evolucionismo materialista que niega la creación de la materia y del alma humana por Dios.

2.3. Karl Marx (1818-1883).- Es uno de los pensadores más influyentes en la segunda mitad del siglo XIX y a lo largo de todo el siglo XX. Con el nace el socialismo marxista.

Su pensamiento: la materia es el único principio, la única realidad. Y el ser humano no es más que el eslabón más perfecto y evolucionado de la materia (es patente la conexión con las teorías darwinistas). Este es su principio fundamental: el materialismo histórico, según el cual son las realidades materiales y más concretamente las económicas las que explican las posiciones culturales, científicas, artísticas, políticas y hasta religiosas.

El hombre es concebido sólo como un conjunto de relaciones sociales; y estas, desde su perspectiva, son, fundamentalmente, relaciones económicas. Toda estructura social es el reflejo de un sistema económico. Así, la sociedad burguesa se ha desarrollado apoyada en el sistema de propiedad privada –“infraestructura”- y el resto de estructuras (políticas, sociales, ideo1ógicas) están organizadas por la clase burguesa para defender el sistema capitalista de producción que aliena al hombre -(superestructura)-: la familia, la moral, la economía, la religión, etc., cumplen esta función. Es preciso -dice Marx- acabar con el sistema de propiedad privada si se quiere poner fin a «la explotación del hombre por el hombre».

Según Marx, el único medio para acabar con el capitalismo es la lucha de c1ases, que llevará, mediante la revolución, al triunfo de los trabajadores, a la victoria de la clase obrera sobre la minoría capitalista explotadora del proletariado. Tras esta victoria se establecería la dictadura del proletariado, que conduciría a un Estado colectivista, sin clases sociales y sin propiedad privada -un paraíso comunista-. De la alienación económica se deriva a su vez la religiosa, que es concebida como una existencia falseada (“la religión es el opio del pueblo”), una ilusión que le impide tomar conciencia de las realidades materiales y encarar la revolución del proletariado.

2.4. Sigmund Freud ( 1856-1939).- Es considerado el fundador de la moderna psiquiatría. A principios del siglo XX inició un sistema terapéutico al que llamó psicoanálisis.

Freud desarrolló su concepción del hombre como un ser compuesto de tres planos: el “ello”, un fondo inconsciente de instintos y pulsiones regido por el principio del placer; b) el «ego», un componente consciente, que dirige el aprendizaje; y c) el «super ego», que es el resultado de la presión social y moral sobre el «ego».

Según Freud, la vida psíquica de un ser humano es normal cuando las pulsiones fluyen libremente. La pulsión primordial es la sexualidad. Por ello para Freud todo deseo del hombre es una sublimación del deseo sexual. Ahora bien, cuando el “ego” censura esas inclinaciones, aparece la neurosis, ya que cuando el principio de placer es reprimido termina reapareciendo de forma enmascarada.

En este sentido el ser humano debe liberarse de los prejuicios religiosos, morales y culturales, porque esas normas ahogan en su interior sus inclinaciones básicas. La idea de Dios no es otra cosa que el enmascaramiento de la pulsión primordial. Según Freud, éste es el origen de la religión: la impresión aterradora del desamparo infantil despertó la necesidad de sentirse protegido - protegido por el ser amado-, necesidad que el padre satisface. Al caer en la cuenta de que este desamparo dura por toda la vida el hombre se agarra a un Padre, esta vez más poderoso. La angustia creada por los peligros de la vida se calma poniendo el pensamiento en el reino de la bondad de la providencia divina. Si Dios hipoteca al hombre - enseña Freud-, es preciso liberarse de Él. La religión queda reducida de este modo a una neurosis obsesiva universal».

Es indudable que Freud aportó a la psicología el conocimiento del inconsciente, pero su error estuvo en extrapolar los resultados de sus estudios con enfermos a la población sana, es decir, a la conducta del ser humano en general. Niega, por tanto, la libertad y la responsabilidad personal.

Freud parece buscar -frente a todo lo artificial- al hombre natural y espontáneo. Sin embargo, termina reduciéndolo a un conjunto de pulsiones inconscientes. Para él la única felicidad que puede buscar el ser humane es la libre satisfacción de los instintos.

2.5. Friedrich Nietzsche (1844-1900).- Es un filósofo alemán de gran influencia en el pensamiento moderno. Su idea central es el valor supremo de la voluntad de poder, de lo vital al máximo. En consecuencia, Nietzssche afirma el rechazo del gregarismo, pero también de la caridad o la compasión.

Su ideal es el “superhombre”. El superhombre del futuro será libre -es decir, estará liberado de los valores del «populacho»-, se dará a si mismo todos los valores, y, en suma, será el mismo el creador del bien y del mal. Y se habrá «liberado» sobre todo del yugo de Dios, porque -en expresión de Nietzsche- «Dios ha muerto». Lo han matado los hombres, refiriéndose metafóricamente a la reducción humana de lo divino que había tenido lugar en la cultura racionalista europea (Hegel, Feuerbach, Marx).

Con «la muerte de Dios» el ser humano conquistará su libertad, pues Dios es el mayor enemigo de la libertad del hombre. Y al cristianismo le dirige frases como esta: «El cristianismo fue desde el comienzo esencial y fundamentalmente disgusto y saciedad de la vida, odio al mundo, miedo a la belleza, un más allá inventado para calumniar lo de aquí abajo”. Sobre todo, le horroriza la moral cristiana con su llamada a la humildad, al amor al prójimo y a la igualdad entre los hombres. Nietzsche enseña que los hombres son esencialmente desiguales y que los más fuertes están llamados a dominar a los más débiles como si fueran esclavos.

3. Humanismos materialistas entre los siglos XX y XXI.

La influencia de las corrientes vistas anteriormente tienen influencia en el siglo XX. Este siglo es testigo de la aparición de corrientes de pensamiento que se declaran humanistas, pero que suponen la degradación de la dignidad humana pues no solo le quitan a Dios, sino que le rebajan y reducen su existencia a pura vitalidad irracional y problemática (tal como hacen algunas corrientes existencialistas). Entre los llamados humanismos modernos negadores de la trascendencia, unos prolongan las teorías marxistas y positivistas y otros apenas distinguen al hombre del animal, como la corriente zoologista representada por Monod.

4. Manifestaciones actuales de la increencia

4.1. El agnosticismo.- En muchos países de Occidente se está propagando el fenómeno del agnosticismo*. Según el Catecismo de la Iglesia Católica (ns. 2127 y 2128), el agnosticismo puede revestir distintas formas:

• Unas veces, el agnóstico “postula la existencia de un ser trascendente que no podría revelarse y del que nadie podría decir nada”.

• En otros casos, “el agnóstico no se pronuncia sobre la existencia de Dios, manifestando que es imposible probarla e incluso afirmarla o negarla”.

• El agnosticismo “puede igualmente representar un indiferentismo, una huida de la cuestión última de la existencia de Dios, y una pereza de la conciencia mora”.

. Con frecuencia, el agnosticismo “equivale a un ateísmo práctico”

El paso del indiferentismo al agnosticismo y de este al ateísmo práctico parece una consecuencia lógica.

4.2. El secularismo laicista.

En la situación cultural actual concurren una serie de factores que han dado lugar al secularismo. Es decir, se piensa, se actúa y se vive como si Dios no existiese. Se prescinde de Él y se intenta que no cuente para nada en la vida social. Este silencio sobre Dios en las diversas manifestaciones de la vida, hasta llegar a un laicismo* radical, es un fenómeno absolutamente nuevo, sobre todo en la mayoría de las naciones occidentales, donde la fe cristiana había sido hasta ahora un elemento esencial en la vida de los individuos, en la cultura y en la convivencia social.

“… La fe sencilla de los pueblos sufre e1 embate de la secularización, con el consiguiente debilitamiento de los valores religiosos y morales. Bajo la presión del secularismo, se llega a presentar la fe como si fuera una amenaza a la libertad y autonomía del hombre. Sin embargo, no podemos olvidar que la historia reciente ha mostrado que cuando, al amparo de ciertas ideologías, se niegan la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre, se hace imposible construir una sociedad de rostro humano” (Juan Pablo II, discurso inaugural de la IV Conferencia del CELAM).

4. 3 La ética civil

Sus patrocinadores niegan a la Iglesia la capacidad de emitir juicios éticos sobre algunos aspectos de la convivencia social y se llega a pensar que la religión, con sus verdades y dogmas, se presenta como un peligroso enemigo al que hay que rechazar: es un intruso irreconciliable con la pacifica convivencia civil.

En consecuencia, se condena la moral cristiana por intolerante y se pretende sustituirla por una ética consensuada democráticamente por el voto. Otros proponen como éticamente correcto lo que se vive en la calle y lo que practica la mayoría.

La Iglesia condena toda moral que suponga un atentado contra la ley natural. Y advierte que ninguna ética debe cercenar las exigencias que marean, al menos, la ley natural y la Declaración de los Derechos del Hombre formulada por la ONU.

Los creyentes deben practicar y defender la moral cristiana, porque están convencidos de que el mensaje moral del Nuevo Testamento responde a la vocación natural y sobrenatural del hombre.

4.4. El “cristianismo a la carta”

Con el nombre de «cristianismo a la carta» se suele denominar una practica religiosa sin dogmas y sin moral, o con los dogmas que cada uno esta dispuesto a aceptar y aquellos principios morales que están de acuerdo con las propias convicciones éticas El movimiento “new age” es un claro exponente de esta forma de pensar.

El mejor recurso contra esta tendencia, es el estudio profundo de los contenidos de la fe y de la moral cristianas.

Al mismo tiempo, es preciso caer en la cuenta de que la fe católica no se puede vivir “bajo libre albedrío”, sino que el Bautismo integra al creyente en la comunidad de fieles que se denomina Iglesia.

La Iglesia es un elemento esencial de la fe, pues, como afirmó san Cipriano: “Nadie puede llamar a Dios Padre, si no tiene a la Iglesia por Madre”.

 

 

Espiritualidad Cristiana

Definición.- La espiritualidad cristiana es el conjunto de las inspiraciones y de las convicciones que animan interiormente a los cristianos en su relación con Dios, así como el conjunto de las reacciones y de las expresiones personales o colectivas y de las formas exteriores visibles que concretizan dicha relación.

La e.c. es una sola, pero como los cristianos son limitados, su vivencia del Evangelio lo vivirán con una mentalidad y unas modalidades diferentes. Ejemplo: una espiritualidad de la edad media es idéntica y distinta de la que se anuncia hoy a los pueblos que se angeliza.

Es vida según el espíritu, forma de vida que se deja guiar por el Espíritu de Cristo. Es sinónimo de vivir bajo la acción del Espíritu. En este sentido la espiritualidad abarca la vida entera de la persona. Se supera así el viejo dualismo.

Gustavo Gutierrez afirma: “… la espiritualidad es una forma concreta, movida por el Espíritu, de vivir el Evangelio”.

Segundo Galilea describe la espiritualidad como “un estilo de vivir el Evangelio e una determinada situación”.

Julio Lois precisa: “por espiritualidad entendemos aquí la forma concreta, el estilo o talante que tienen los creyentes cristianos de vivir el evangelio, siempre movidos por el Espíritu”.

Espiritualidad cristiana por tanto es vida. Una forma de vivir coherente con el evangelio. Ello exige ser personas libres para la causa del reino, por tanto agentes de liberación en nuestra sociedad.

Cuenta con el auxilio de la gracia, que supera la distancia entre lo poderoso y lo débil, entre Dios y el hombre.

 

Origen del término Espiritualidad.- Proviene de “espíritu”. Aparece por primera vez en una carta del pseudo Jerónimo, cuyo autor parece que fue Pelagio o uno de sus discípulos. Pero aparece con una descripción no precisa y así se mantiene hasta el siglo XI.

Se define como lo opuesto a la sensualidad, a la carne, a la animalidad o brutalidad.

     Un ejemplo reciente, Auguste Saudreau define la espiritualidad como “la ciencia que enseña a progresar en la virtud y particularmente en el amor divino”. Todo lo humano se ha visto ajeno a la espiritualidad por no decir en oposición a ella.

     Una espiritualidad así resulta inaceptable para el común de los mortales. Porque los seres humanos de este tiempo lo que quieren es ser felices, realizarse plenamente. De ahí que una espiritualidad que entra en conflicto con esas aspiraciones es una espiritualidad llamada la fracaso.

     Se trata de ofrecer una espiritualidad auténtica y coherente con el Evangelio que supere todo lo inhumano que hay en nosotros y nos conduzca hacia una realización plena.

     El Evangelio es cruz y renuncia, y en ese sentido, el evangelio es sufrimiento. Pero el único sufrimiento que tiene sentido según el evangelio, es que el que brota de la lucha contra el sufrimiento. Jesús murió porque se enfrentó al sufrimiento injusto que padece tanta gente. Es decir, Jesús subió a la cruz para bajar de la cruz a los crucificados de la historia. Teniendo en cuenta, por su puesto que la salvación que Cristo nos trajo alcanzará su logro definitivo solamente en el más allá, en la otra vida, cuando Dios sea todo en todas las cosas. Sólo entonces la utopía cristiana llegará a su realización plena.

 

Historia de la espiritualidad.

     Definición.- La h.e es investigación, estudio, una exposición y, a veces, una explicación de la relación experiencial del hombre con el Dios uno y trino que se ha revelado.

Desarrollo.

1.                La Iglesia primitiva y el Nuevo Testamento. El anuncio del evangelio 1º es oral después escrito, permite ver en la persona de Jesús, que actúa, enseña y se propone como ejemplo, esto extraña a sus contemporáneos. Jesús opera y rompe al mismo tiempo la antigua alianza, declara que sus palabras son espíritu y vida y, se propone como modelo de fidelidad:

-         amor al Padre

-         amor a los hermanos

                                          Garantía de vida eterna y fuente de felicidad

 

-         Jesús revela al Padre y promete el Espíritu

-         La reflexión de los apóstoles y de los escritores del Nuevo Testamento se centró en la persona de Jesús, sus obras* y sus mensaje

 

La predicación del Evangelio implica una serie de afirmaciones, exhortaciones a la conversión, a la fe, a la vida fraterna, al amor de todos entre sí y Dios.

 

En las cartas de San Pablo, las exposiciones dogmáticas van seguidas de consejos espirituales. La teología que agradece el misterio de Dios en Jesús se enraiza siempre en los principios de Jesús cuando habla de:

-         pecado

-         muerte

-         filantropía divina

-         Cristo presente entre nosotros

-         luchas del hombre interior

-         vida según el Espíritu o el cuerpo místico.

Los Evangelios sinópticos anuncian la Buena Nueva del Reino de Dios ya presente en medio de los hombres, con sus exigencias y esperanzas. Se trata de una Buena Nueva marcada por signos, milagros o curaciones corporales y espirituales; un Reino que es justicia y alegría para los que le aceptan, pobres o pobres de espíritu, pecadores.

La respuesta de los seres humanos consiste: en la penitencia (perdón), en la fe, en la pureza de corazón, en la confianza con el Padre, en el amor a los demás. De esta forma nace y crece la Iglesia.

Los escritos joánicos insisten en la confrontación entre el creyente y el mundo, que el evangelista sitúa en la lucha entre la luz y las tinieblas. El Hijo dado al mundo ha vencido al mundo.

-         El es dador de vida

-         El cristiano lo conoce amándolo y lo ama conociéndolo

-         El Espíritu prometido se comunica en forma de unción a los creyentes

-         Jesús es el Pan de Vida que alimenta a los hombres.

Se trata de ver, de escuchar y de creer en el amor que Dios profesa a los hombres, así como de convencerse de que quien no ama al hermano no ama a Dios.

La espiritualidad de Juan es sacramental, profundiza el misterio del Bautismo y de la Eucaristía.

La atención que presta a María, al igual que san Lucas, marca los comienzos de una espiritualidad mariana.

La fidelidad a las enseñanzas recibidas, inculcada en la primera carta, puede llevar al cristiano al martirio evocado en el Apocalipsis.

 

La carta a los Hebreos presenta a Jesús como el único sumo sacerdote, el único mediador.       

La primera carta de San Pedro, recuerda a los recién bautizados que son un pueblo de sacerdotes que entra a formar parte de la construcción de un edificio del que Cristo es la piedra angular.

La carta de Santiago y otras cartas revelan a los fieles el sentido de la prueba, el valor espiritual de la pobreza, la necesidad de la caridad en la espera ya inminente el Reino.

 

Toda la espiritualidad del Nuevo Testamento es la fuente de nuestra espiritualidad cristiana.

 

2.                 La Espiritualidad de Jesús    

 

Se treta de examinar lo que Jesús hizo, dijo y enseñó, con el fin de valorar la espiritualidad que debió subyacer a todas sus actividades y enseñanzas.

¿Cuál fue el secreto de su extraordinaria vida y de su muerte?

¿Qué era lo que más el importaba?

¿Qué es lo más digno de ser recordado de su personalidad?

¿Qué hizo que fuera tan profundamente amado y admirado por algunos y tan odiado por otros?

 

Jesús no escribió nada, pero tenemos una enorme información sobre él, sobre el tiempo en que vivió y sobre la impresión que produjo en las personas. Ningún conjunto de libros ha sido estudiado completa y minuciosamente como los evangelios, y ningún personaje histórico ha recibido tanta atención como él.

 

Jesús vivió en un mundo que era muy diferente del nuestro.

En el nuestro vivimos:       -   posmodernismo

                                       -   ciencia

 -         destrucción de la tierra

-                                                                                                                      -          alienación de la naturaleza.

     Que ha generado un abismo entre nosotros y la gente de la Palestina del s. I.

Una de las diferencias principales es que Jesús y sus contemporáneos judíos tenían claro que Dios era una persona. Hoy no lo tenemos claro. Muchas personas tienen dificultades de reconocer a un Dios como tal.

 

2.1. Una revolución

Jesús era un campesino judío, y su espiritualidad encontraría su inspiración original en las Escrituras hebreas. El mundo en que vivió era judío, influenciado por la cultura griega. Más importante aún era la globalización del imperio romano, que ejercía una influencia cada vez mayor en la vida del pueblo, de manera especial en la gente rica. La mayoría de ellos vivían en el lujo y la decadencia.

 

Todas estas cosas caracterizaban el mundo que Jesús volvió del revés. Su vida, su mensaje y su espiritualidad fueron, en este sentido, revolucionarios. Jesús no fue un formador. No propuso algunas mejoras de las creencias las prácticas religiosas de su tiempo, a la manera de un remiendo en un vestido viejo. Jesús volvió el mundo, tanto judío como gentil, del revés. Esto no significa que fuera típico revolucionario en el sentido político de la palabra. Él no quería simplemente reemplazar a quienes estaban en el poder por otros que aún no estaban en el poder. El pretendía algo más radical que eso. Tornó los valores de su tiempo, en toda su variedad, y los volvió del revés. Estuvo empeñado en una revolución social, no en una revolución política; una revolución social que exigía una profunda conversión espiritual.

 

Una revolución social es la que vuelve del revés las relaciones sociales entre las personas en una sociedad. Una revolución política es la que cambia las relaciones de poder en una sociedad derrocando un gobierno y remplazándolo por otro. Jesús, como la mayoría de los judíos oprimidos de su tiempo, esperaba la liberación política de la opresión romana. Pero se vio a si mismo como un profeta cuya misión inmediata era la introducción de una revolución social y espiritual. El desmantelamiento de las estructuras de poder vendría después.

 

Poner el mundo del revés

 

Los dichos de Jesús, especialmente los reunidos en el Sermón de la montaña, eran subversivos respecto de casi todo lo que sus contemporáneos daban por sentado. El hablaba de poner la otra mejilla en vez de vengarse, de amar a los enemigos en vez de odiarlos, de hacer el bien a quienes nos odian, de bendecir a quienes nos maldicen y de perdonarlos setenta veces siete (Mt 5,38-43; Lc 6,27-37; Mt 18,22). Esto habría bastado para revolucionar las relaciones sociales entre los campesinos a quienes predicaba, así como las relaciones entre diferentes grupos y clases y entre religiones y naciones. Pero Jesús no se detuvo ahí. Mas revolucionario aún fue lo que tenía que decir sobre los ricos y los pobres.

 

Lo que se daba por supuesto era que Dios había bendecido a los ricos con la riqueza y que eran afortunados. Jesús se alzó y proclamó todo lo contrario: «Dichosos vosotros, los pobres» (Lc 6,20). En otras palabras, los dichosos y afortunados no son los ricos, sino los pobres. Esto no significa que sea bueno ser indigente y estar necesitado. Tampoco es una promesa de que un día los pobres serán ricos. Significa: «Tienen que considerarse afortunados por no estar entre los ricos y los pudientes». Los desafortunados son precisamente los ricos: «¡Ay de ustedes, los ricos!» (Lc ;6,24). Ellos deberían ser dignos de lástima, porque les va a resultar muy difícil vivir en el mundo del futuro (el reino de Dios), donde todo habrá de compartirse. A los ricos les resultará muy difícil compartir. Serán como camellos tratando de pasar por el ojo de una aguja. Los pobres son afortunados porque les resultara fácil compartir.

 

Para apreciar algo del impacto que aquel cambio radical debió de tener, podemos imaginamos a alguien que vaya hoy de un lado para otro diciendo que los ricos y quienes tienen un alto nivel de vida no son dichosos; que, en realidad, son los más desafortunados. ¿Por qué? Porque la única manera de que la raza humana pueda sobrevivir será que los ricos bajen su nivel de vida y compartan su riqueza con otros. A los ricos les resultará muy difícil.

 

De modo parecido, Jesús dice que si los otros te odian, te excluyen, te insultan y te difaman, tienes que alegrarte porque así es como se trata siempre a los profetas. Cuando hablan bien de ti, es cuando puedes considerarte desafortunado (Lc 6,22.23.26). En otras palabras, olvídate de tu reputación. Cuando las personas te critican y te desacreditan, puede ser una bendición disfrazada para ti.

 

Igual dignidad

 

Jesús mantuvo incondicionalmente su creencia de que todos los seres humanos eran iguales en dignidad y valor. Trató a los ciegos, los cojos y lisiados, los marginados y mendigos con tanto respeto como a quienes gozaban de un alto rango y estatus. Se negó a considerar que las mujeres y los niños tuvieran menos importancia o fueran inferiores. Esto volvió del revés una sociedad cuidadosamente ordenada de estatus y honor, y más aún cuando abogó por descender en la escala social, en vez de esforzarse por subir hasta la cima. Enseñó a sus seguidores a ocupar el puesto más bajo, de modo que, cuando discutían entre ellos sobre quien era el más grande, puso en medio de ellos a un niño pequeño, una persona que no tenía ningún rango o estatus en aquella sociedad, y les dijo que se esforzaran por ser como niños (Mc 9,33-37 par).

 

Entre otras cosas, esta aproximación derriba de sus tronos a «los sabios y entendidos», que no tienen el monopolio de la verdad. De hecho, su sabiduría y enseñanza puede hacer que no vean la verdad. Con bastante frecuencia, el pequeño, sencillo y sin formación, es más sabio que instruidos. «Te doy gracias, Padre», dice Jesús, «porque has revelado estas cosas a los instruidos y a los sabios, sino a los meros niños» (Lc 10,21 par).

 

Entre las personas que serían consideradas como meros niños en clave de estatus e instrucción en tiempos de Jesús y que, por lo tanto, habrían apreciado su mensaje, se encontraban las mujeres. Una de las formas en que Jesús volvió del revés su mundo consistió en conceder a las mujeres exactamente el mismo valor y la misma dignidad que a los varones. Destacó entre sus contemporáneos como el único maestro que podía contar con mujeres entre sus amigos y discípulos. Se nos habla de María de Betania, a quien él animó a que se sentara a sus pies como un discípulo (Lc 10,38-42). Más controvertida aún fue su estrecha amistad con María Magdalena, a quien enseñó y con quien, al parecer, habló de muchas cosas. El hecho de que se mezclara tan libremente con las mujeres, especialmente con las que eran conocidas como prostitutas, era un verdadero escándalo (Lc 7,39; Mt 11,19). Lo único que no le preocupaba a Jesús era su reputación.

 

Lo que sí le preocupaba era la manera en que las prostitutas y las mujeres sorprendidas en adulterio eran tratadas en aquella sociedad. Ellas, y no los varones, eran acusadas y condenadas como pecadoras. La prostitución y el adulterio no son posibles si no hay demanda por parte de los y si éstos no proporcionan el dinero. ¿Por qué se echa siempre la culpa a las mujeres? La posición de Jesús queda bellamente ilustrada en la escena en que salva a la mujer acusada de adulterio de los hombres que querían apedrearla (Jn 8,1-11).

 

Relatos subversivos

 

En su libro sobre la teología del relato, John Dominic Crossan sostiene que, mientras que un mito es un relato que confirma el statu quo y reconcilia sus aparentes contradicciones, una parábola es un relato que socava el statu quo y revela sus contradicciones.

El carácter subversivo de un dicho como: «Quienes se ensalcen serán humillados y quienes se humillen serán ensalzados» (Lc 14,11; 18,14; Mt 23,12) queda patente para nosotros en la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos que suben al templo para orar (Lc 18,9-14).

 

En tiempos de Jesús, los escribas y los fariseos eran muy estimados. Junto con los sumos sacerdotes y los ancianos, eran los líderes religiosos que sabían lo que era grato y lo que no era grato a Dios. Por otro lado, los recaudadores de impuestos eran odiados por todos y tratados como marginados en aquella sociedad. El sistema impositivo era extremadamente injusto. Había tres impuestos que sangraban despiadadamente a los pobres: el tributo romano, el tributo de Herodes y el tributo del templo. Pero quienes tenían que hacer frente a la ira y el rechazo del pueblo eran los recaudadores de impuestos. Es indudable que muchas veces explotaban la situación en beneficio propio. Sin embargo, Jesús sentía cierta simpatía y comprensión hacia esos hombres a los que, como a las prostitutas, siempre se les echaba la culpa. Contra las expectativas de todos, eligió quedarse en casa de Zaqueo, el infame recaudador de impuestos de Jericó (Lc 19,1-10).

 

En la parábola se invierten todas las expectativas. El fariseo no queda justificado a los ojos de Dios, porque es orgulloso y jactancioso: «Dios, te doy gracias porque no soy como los demás». El recaudador de impuestos, en cambio, es justificado a los ojos de Dios porque se humilla.

 

Mientras todos daban por sentado que los jefes religiosos, como los escribas y los fariseos, los sumos sacerdotes los ancianos, serían los primeros en ser aceptados en el reino de Dios, Jesús se atrevió a alzar su voz para decir que prostitutas y los recaudadores de impuestos entrarían en el nuevo mundo de Dios antes que los dirigentes religiosos (Mt 21,31). Esto debió de trastornar las presuposiciones de casi todos, incluidas las prostitutas y los recaudadores de impuestos: «Los primeros serán últimos, y los últimos serán primeros» (Mc 10,31).

 

El relato del Samaritano que ayudó a un judío herido a quien habían robado y apaleado, mientras que un sacerdote y un levita judíos habían pasado de largo (Lc 10,30-37), subvierte todos los mitos sobre judíos y samaritanos. Se pensaba que los samaritanos eran herejes y medio paganos. Jesús dice a sus correligionarios judíos no sólo que tienen que incluir a los odiados samaritanos en su amor al prójimo, sino que además tienen que aprender algo de un samaritano sobre el amor al prójimo.

 

Para apreciar el impacto que este relato debió de tener en los contemporáneos de Jesús podríamos pensar en el efecto que tendría hoy el relato de un soldado cristiano herido que es ayudado por un fundamentalista musulmán, mientras que un capellán militar cristiano y un trabajador social cristiano pasan de largo. ¿Imposible? ¿Por qué? La significación de las parábolas de Jesús hoy consiste en que nos sacuden y nos hacen romper con nuestros prejuicios.

 

En la parábola de los trabajadores de la viña (Mt 20,1116), Jesús vuelve del revés la comprensión aceptada de justicia. Cuando el amo paga a los que trabajaron en la viña durante una hora tanto como a los que trabajaron todo el día, ¿no está cometiendo una injusticia? Jesús dice que no. El amo paga a los que trabajaron soportando el calor del día el salario que habían acordado. De hecho, un denario era un salario muy generoso por un día de trabajo. Cuando estos trabajadores se quejan, no es porque se haya cometido una injusticia con ellos, sino porque el amo ha sido generoso con los otros. En otras palabras, no es una cuestión de justicia, sino de envidia. El amo decidió pagar a quienes, habían trabajado poco tiempo el mismo salario, porque sus necesidades y las necesidades de sus familias serían las mismas.

 

En la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32) el hermano mayor siente que ha sido tratado injustamente. El siempre ha hecho lo correcto; entonces, ¿por qué se celebra una fiesta para su depravado hermano, que ha derrochado su fortuna irresponsablemente, y no para él? Pero, tal como Jesús lo ve, el hermano mayor no ha sido tratado injustamente; simplemente, está celoso. Quiere ser el preferido. Quiere que su hermano sea castigado, no perdonado.

 

La relativización de la ley

 

La espiritualidad del tiempo de Jesús estaba basada en la ley, la Torá. Jesús la volvió también del revés, pero no rechazando la ley, sino relativizándola. Dice Jesús: «El sábado ha sido hecho para el género humano, y no el género humano para el sábado» (Me 2,27). En otras palabras, las leyes del sábado y, por implicación, todas las leyes de Dios, han sido concebidas para nuestro servicio como seres humanos. No existimos para servir o dar culto a la ley. Eso sería idolatría.

 

Así pues, Jesús se sintió perfectamente libre para transgredir la ley cada vez que su observancia podía hacer daño a las personas, porque la intención de la ley nunca fue hacer daño a las personas. No obstante, su conducta fue considerada como irremediablemente escandalosa, especialmente cuando enseñó a sus seguidores a hacer lo mismo (Mt 12,1-5).

 

En la cultura religiosa de aquel tiempo, la ley no eran sólo los diez mandamientos, sino también todo el sistema de pureza ritual que conocemos con el nombre de «Código de santidad». Todo - tiempo, espacio, personas, cosas y alimentos- estaba ordenado y dispuesto según una serie de grados de mayor o menor santidad o pureza.

 

Jesús vio todas las leyes de pureza ritual como tradiciones humanas que distorsionaban las intenciones de la ley de Dios (Mt 15,1-20 par). «No es lo que entra por la boca lo que mancha a la persona; lo que sale de la boca es lo que la mancha» (Mt 15,11). Jesús no sólo ignoraba la distinción entre alimentos puros e impuros y sobre el lavatorio ritual de las manos antes de comer, sino que tocaba los cadáveres, a los leprosos y a las mujeres menstruantes, cosas y personas todas ellas que eran tabú según el Código de santidad.

 

Lo que le importaba a Jesús eran las personas y sus necesidades. Todo lo demás estaba en función de ellas.

 

El reino al revés

 

Jesús vivió en un tiempo en que el pueblo judío estaba en «alerta máxima» esperando la inminente llegada de un Mesías que restauraría el reino tanto tiempo esperado, o reino de Dios. Las expectativas en torno a qué, cuándo, dónde y cómo, variaban enormemente. Se especulaba mucho al respecto. ¿Habría alguna intervención milagrosa divina? ¿Serían derrotados los romanos? ¿Entraría triunfalmente el Mesías-rey en Jerusalén con un ejército? ¿O sucedería todo ello de otra forma?

 

Los esenios se habían retirado al desierto para purificarse y estar preparados para el acontecimiento. Juan el Bautista esperaba que el juicio de Dios descendiera sobre Israel. Las personas comunes y sencillas esperaban y oraban para que Jerusalén fuera liberada de los romanos (Lc 1,68.71.74; 2,25.38). Al final del evangelio de Lucas, los dos discípulos que caminan hacia Emaús dicen que habían esperado que Jesús fuera el liberador de Israel (Lc 24,21).

 

Jesús dio un vuelco a tales expectativas. El tenía una idea muy diferente de lo que el reino de Dios en la tierra podría significar, y la razón fundamental era que veía a Dios de un modo diferente. Dios no era como un gran emperador, como los que dominaban sobre las personas y hacían sentir su autoridad (Mc 10,42 par). Tampoco era como un dictador benevolente. Jesús había llegado a experimentar a Dios como un Padre amoroso, su abbá. Por consiguiente, Jesús veía el reino de Dios más como el «reino» del padre amoroso de la parábola que perdona a su hijo pródigo incondicionalmente, se alegra por el retorno de su hijo perdido, no piensa en un castigo o punición y no quiere saber nada del libertinaje y el despilfarro de su hijo. Lo único que quiere hacer es celebrar una fiesta con su familia (Lc 15,11-32).

 

La comunidad o sociedad que Jesús esperaba se parecía más a una familia de hermanos y hermanas que tiene a Dios como padre amoroso. Su imagen del reino o reinado de Dios era la de una familia feliz y llena de amor, no la de un imperio conquistador y opresor.

 

Así pues, el reino de Dios no descendería de lo alto, sino que ascendería desde abajo, desde los pobres, los pequeños, los pecadores, los marginados, los perdidos ...: desde los poblados de Galilea. Ellos llegarían a ser como hermanos y hermanas que cuidan unos de otros, se identifican unos con otros, se protegen y comparten mutuamente.

 

Esto no implica sugerir que la actitud de Jesús hacia la familia fuera en modo alguno convencional. El dio un vuelco también a todo esto. Nada podía ser tan chocante como su dicho: «Si alguien viene conmigo y no odia a su madre, esposa, hijos, hermanos, hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,26). Lo él quería decir, obviamente, era «y no deja de preferir…». En otras palabras, uno no puede ser un miembro del reino-como- familia de Dios si sigue dando preferencia a su propia familia convencional.

 

Vemos que esto es precisamente lo que hace Jesús, pues no da preferencia a su propia familia. Cuando le informan de que su madre y sus hermanos están buscándolo, responde:

 

«"¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?". Y mirando entonces a los que estaban sentados a su alrededor, añadió: "Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre"» (Mc 3,33-35).

 

Ve a su madre como dichosa, no por ser su madre biológica, sino porque «escucha la palabra de Dios y la guarda» (Lc 11,27-28). Jesús quiere salir de las limitaciones de la familia carnal o de la familia de parientes próximos para formar la familia más amplia del reino de Dios. Un amor exclusivo a los familiares más próximos sería una forma de egoísmo de grupo.

 

Esto no significa que Jesús vea el nuevo reino -como- familia como la totalidad de la raza humana. Tenemos que amar a todos los seres humanos, incluidos nuestros enemigos, y tratarlos a todos como hermanos y hermanas; pero la nueva comunidad es la familia de quienes se aman unos a otros. Si tu enemigo sigue odiándote y maldiciéndote, esa persona continua excluyéndose de la nueva familia de Dios. De hecho, los miembros de tu familia carnal podrían volverse contra ti y rechazarte a pesar de tu amor hacia ellos. Por esta razón, Jesús puede prever que la formación de una nueva familia de Dios podría dividir y causar conflicto dentro de nuestras familias, convencionales y limitadas (Lc 12,51-52 par).

 

Como todas las familias, la familia de Dios se reunirá en torno a una mesa para comer. Esto explica la centralidad de las comidas en la vida de Jesús, su «comensalidad», como se llama a veces. Lo que sigue a esas comidas es el compartir característico de la vida en familia. Lo vemos en la bolsa común de Jesús y sus discípulos y, más tarde, en la primera comunidad de Jerusalén (Hch 2,44-45; 4,32-37). Fue esta comprensión del reino como familia lo que llevó a los primeros cristianos a tratarse como hermanos y hermanas, algo que no habría hecho ningún otro grupo religioso de aquel tiempo. Además, parece que aquellos primeros cristianos se saludaban con un beso en los labios, algo que en aquellos días sólo hacían los miembros de la misma familia.

 

Con esta comprensión de lo que podría significar el reinado de Dios en la tierra empieza Jesús a hablar sobre el reino, no como un acontecimiento exclusivamente futuro que tenemos que esperar sentados. El reino de Dios es una realidad presente. Ya ha llegado a nosotros. No tenemos que esperar signos y portentos (Mt 12,38-39 par). Podemos detectar el dedo de Dios en lo que ya está sucediendo (Lc 11,20). La comunidad o familia de Dios es como la levadura que actúa ya en el mundo (Mc 13,33 par). Es un grano de mostaza que crecerá y se convertirá en algo mucho más grande (Mc 4,31-32 par).

 

También aquí dio Jesús un vuelco a las expectativas de sus contemporáneos. Lo que estamos esperando ya ha llegado. Eso no significa que tengamos que renunciar a la esperanza en un mundo mejor. Lo importante es comprender que la semilla o embrión de ese mundo futuro está ya en medio de nosotros.

 

El Mesías al revés

 

Jesús se resistió extraordinariamente a hablar de sí mismo como Mesías. Y disuadió a sus discípulos de decírselo a la gente, porque él no era un Mesías en el sentido en que la mayoría de las personas entendían ese concepto (Mt 16,20 par). No tenía intención de ser servido por las personas, ni quería que sus discípulos fueran como jefes servidos por otros. El quería ser el siervo (Mc 10,42-45 par). Es difícil imaginar hasta que punto debió de resultarles extraño a sus contemporáneos este vuelco de la relación entre amo y siervo. El evangelista Juan lo capta vigorosamente en el relato donde describe cómo lava Jesús los pies de los discípulos (Jn 13,4-16).

 

Jesús no trató de evitar el papel extraordinariamente importante que había sido llamado a desempeñar. Estaba llamado a predicar, enseñar e introducir el reino o familia de Dios, pero tendría que hacerlo sufriendo y muriendo por ello. Su imagen del verdadero Mesías sería la del siervo sufriente descrito en el libro de Isaías (Is 52,13 - 53,12).

 

Este sería el vuelco más radical de todos. Jesús no iba a ser el Mesías conquistador y triunfante que aplastaría y mataría a los opresores de Israel, humillándolos y victimizándolos para liberar a su pueblo. El iba a triunfar siendo conquistado, arrestado, golpeado, humillado y clavado en una cruz como un esclavo rebelde o un criminal común: la muerte más desgraciada e ignominiosa imaginable en aquellos días.

 

El no era el vencedor, sino la víctima. Y, paradójicamente, éste sería su mayor logro. La verdad y la justicia estaban de parte de la víctima. De hecho, es ahí donde se encuentra Dios: tomando partido por las victimas del mundo. Esto es lo que Jesús dijo siempre.

 

René Girard ve el vuelco víctima-vencedor como la respuesta final al problema de la violencia. En lugar de sacrificar a alguien como chivo expiatorio para salvar al pueblo, Jesús asume el papel de chivo expiatorio o cordero sacrificial.

 

Desde el punto de vista del mundo que lo rodeaba, Jesús fue un fracasado. Lo arrestaron, lo acusaron y lo ejecutaron como traidor. Nada sirvió para volver del revés el mundo de aquel tiempo de un modo tan radical como el hecho de ver este fracaso como un éxito. Su disposición al fracaso fue lo que revolucionó la espiritualidad de aquel tiempo. Su muerte fue su triunfo.

 

La disposición de Jesús a morir por otros significaba que el estaba vivo, y sus verdugos muertos. Esta paradoja extrema era una parte muy importante de su espiritualidad. Ello expresó como una paradoja sobre la vida y la muerte que aparece de diferentes formas en todos los evangelios. Se puede resumir así:

 

«Quien salve su vida la perderá.

Quien pierda su vida la salvará».

 

Nada contradice la actitud convencional con respecto al ego de un modo tan absoluto. Cuando no estamos dispuestos a renunciar a nuestra vida por los demás, ya estamos muertos; cuando estamos dispuestos a morir por los demás, estamos realmente vivos. 0, dicho de otro modo, cuando no estamos dispuestos a abandonar nuestro ego, estamos muertos; cuando estamos dispuestos a desprendemos de el, empezamos a vivir con abundancia de vida. Esta es la raaz6n por la que, poco después de la crucifixión, María Magdalena y después los otros discípulos experimentaron que Jesús estaba completamente vivo, que había resucitado de entre los muertos .

 

Al derecho

 

Hasta ahora he descrito la crítica radical de Jesús como un poner el mundo al revés. Una manera más exacta de describirlo sería decir que Jesús estaba poniendo el mundo al derecho. Jesús estaba centrando la atención en un mundo sin todas las distorsiones y engaños del ego: orgullo, envidia, celos, egocentrismo, arrogancia, falta de amor y aislamiento de otros seres humanos como individuos y como grupos.

 

Jesús habló de este mundo al derecho como mundo de Dios, como el reino o familia de Dios naciente. De hecho, Jesús estaba apuntando al mundo real. Nuestra sabiduría convencional nos dice que el amor no egoísta y generoso es antinatural, y que es el interés personal lo que mantiene la economía en funcionamiento y motiva a las personas para realizar grandes cosas. Pero para Jesús éste no es el mundo real, sino que es un mundo al revés que debe ser puesto al derecho.

 

A muchos de sus contemporáneos les parecería que el mundo real que Jesús había descubierto era poco práctico, absurdo y falto de la aprobación por parte de la autoridad legítima. Pablo lo describe como la sabiduría paradójica de Dios:

 

«Los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los gentiles ... Pues la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana» (1Co 1,22-23.25).

 

Jesús irrumpió en escena en la Palestina de aquel tiempo con una nueva conciencia, con una sabiduría que las Escrituras llamarían «la sabiduría de Dios». Pero ¿dónde obtuvo este hombre de Nazaret tal sabiduría?

 

(Nolan Albert. Jesús, hoy, Ed. Salterrae, pag 79 - 95)

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