JESUCRISTO. VIDA NUESTRA

Espiritualidad Cristiana

Definición.- La espiritualidad cristiana es el conjunto de las inspiraciones y de las convicciones que animan interiormente a los cristianos en su relación con Dios, así como el conjunto de las reacciones y de las expresiones personales o colectivas y de las formas exteriores visibles que concretizan dicha relación.

La e.c. es una sola, pero como los cristianos son limitados, su vivencia del Evangelio lo vivirán con una mentalidad y unas modalidades diferentes. Ejemplo: una espiritualidad de la edad media es idéntica y distinta de la que se anuncia hoy a los pueblos que se angeliza.

Es vida según el espíritu, forma de vida que se deja guiar por el Espíritu de Cristo. Es sinónimo de vivir bajo la acción del Espíritu. En este sentido la espiritualidad abarca la vida entera de la persona. Se supera así el viejo dualismo.

Gustavo Gutierrez afirma: “… la espiritualidad es una forma concreta, movida por el Espíritu, de vivir el Evangelio”.

Segundo Galilea describe la espiritualidad como “un estilo de vivir el Evangelio e una determinada situación”.

Julio Lois precisa: “por espiritualidad entendemos aquí la forma concreta, el estilo o talante que tienen los creyentes cristianos de vivir el evangelio, siempre movidos por el Espíritu”.

Espiritualidad cristiana por tanto es vida. Una forma de vivir coherente con el evangelio. Ello exige ser personas libres para la causa del reino, por tanto agentes de liberación en nuestra sociedad.

Cuenta con el auxilio de la gracia, que supera la distancia entre lo poderoso y lo débil, entre Dios y el hombre.

 

Origen del término Espiritualidad.- Proviene de “espíritu”. Aparece por primera vez en una carta del pseudo Jerónimo, cuyo autor parece que fue Pelagio o uno de sus discípulos. Pero aparece con una descripción no precisa y así se mantiene hasta el siglo XI.

Se define como lo opuesto a la sensualidad, a la carne, a la animalidad o brutalidad.

     Un ejemplo reciente, Auguste Saudreau define la espiritualidad como “la ciencia que enseña a progresar en la virtud y particularmente en el amor divino”. Todo lo humano se ha visto ajeno a la espiritualidad por no decir en oposición a ella.

     Una espiritualidad así resulta inaceptable para el común de los mortales. Porque los seres humanos de este tiempo lo que quieren es ser felices, realizarse plenamente. De ahí que una espiritualidad que entra en conflicto con esas aspiraciones es una espiritualidad llamada la fracaso.

     Se trata de ofrecer una espiritualidad auténtica y coherente con el Evangelio que supere todo lo inhumano que hay en nosotros y nos conduzca hacia una realización plena.

     El Evangelio es cruz y renuncia, y en ese sentido, el evangelio es sufrimiento. Pero el único sufrimiento que tiene sentido según el evangelio, es que el que brota de la lucha contra el sufrimiento. Jesús murió porque se enfrentó al sufrimiento injusto que padece tanta gente. Es decir, Jesús subió a la cruz para bajar de la cruz a los crucificados de la historia. Teniendo en cuenta, por su puesto que la salvación que Cristo nos trajo alcanzará su logro definitivo solamente en el más allá, en la otra vida, cuando Dios sea todo en todas las cosas. Sólo entonces la utopía cristiana llegará a su realización plena.

 

Historia de la espiritualidad.

     Definición.- La h.e es investigación, estudio, una exposición y, a veces, una explicación de la relación experiencial del hombre con el Dios uno y trino que se ha revelado.

Desarrollo.

1.                La Iglesia primitiva y el Nuevo Testamento. El anuncio del evangelio 1º es oral después escrito, permite ver en la persona de Jesús, que actúa, enseña y se propone como ejemplo, esto extraña a sus contemporáneos. Jesús opera y rompe al mismo tiempo la antigua alianza, declara que sus palabras son espíritu y vida y, se propone como modelo de fidelidad:

-         amor al Padre

-         amor a los hermanos

                                          Garantía de vida eterna y fuente de felicidad

 

-         Jesús revela al Padre y promete el Espíritu

-         La reflexión de los apóstoles y de los escritores del Nuevo Testamento se centró en la persona de Jesús, sus obras* y sus mensaje

 

La predicación del Evangelio implica una serie de afirmaciones, exhortaciones a la conversión, a la fe, a la vida fraterna, al amor de todos entre sí y Dios.

 

En las cartas de San Pablo, las exposiciones dogmáticas van seguidas de consejos espirituales. La teología que agradece el misterio de Dios en Jesús se enraiza siempre en los principios de Jesús cuando habla de:

-         pecado

-         muerte

-         filantropía divina

-         Cristo presente entre nosotros

-         luchas del hombre interior

-         vida según el Espíritu o el cuerpo místico.

Los Evangelios sinópticos anuncian la Buena Nueva del Reino de Dios ya presente en medio de los hombres, con sus exigencias y esperanzas. Se trata de una Buena Nueva marcada por signos, milagros o curaciones corporales y espirituales; un Reino que es justicia y alegría para los que le aceptan, pobres o pobres de espíritu, pecadores.

La respuesta de los seres humanos consiste: en la penitencia (perdón), en la fe, en la pureza de corazón, en la confianza con el Padre, en el amor a los demás. De esta forma nace y crece la Iglesia.

Los escritos joánicos insisten en la confrontación entre el creyente y el mundo, que el evangelista sitúa en la lucha entre la luz y las tinieblas. El Hijo dado al mundo ha vencido al mundo.

-         El es dador de vida

-         El cristiano lo conoce amándolo y lo ama conociéndolo

-         El Espíritu prometido se comunica en forma de unción a los creyentes

-         Jesús es el Pan de Vida que alimenta a los hombres.

Se trata de ver, de escuchar y de creer en el amor que Dios profesa a los hombres, así como de convencerse de que quien no ama al hermano no ama a Dios.

La espiritualidad de Juan es sacramental, profundiza el misterio del Bautismo y de la Eucaristía.

La atención que presta a María, al igual que san Lucas, marca los comienzos de una espiritualidad mariana.

La fidelidad a las enseñanzas recibidas, inculcada en la primera carta, puede llevar al cristiano al martirio evocado en el Apocalipsis.

 

La carta a los Hebreos presenta a Jesús como el único sumo sacerdote, el único mediador.       

La primera carta de San Pedro, recuerda a los recién bautizados que son un pueblo de sacerdotes que entra a formar parte de la construcción de un edificio del que Cristo es la piedra angular.

La carta de Santiago y otras cartas revelan a los fieles el sentido de la prueba, el valor espiritual de la pobreza, la necesidad de la caridad en la espera ya inminente el Reino.

 

Toda la espiritualidad del Nuevo Testamento es la fuente de nuestra espiritualidad cristiana.

 

2.                 La Espiritualidad de Jesús    

 

Se treta de examinar lo que Jesús hizo, dijo y enseñó, con el fin de valorar la espiritualidad que debió subyacer a todas sus actividades y enseñanzas.

¿Cuál fue el secreto de su extraordinaria vida y de su muerte?

¿Qué era lo que más el importaba?

¿Qué es lo más digno de ser recordado de su personalidad?

¿Qué hizo que fuera tan profundamente amado y admirado por algunos y tan odiado por otros?

 

Jesús no escribió nada, pero tenemos una enorme información sobre él, sobre el tiempo en que vivió y sobre la impresión que produjo en las personas. Ningún conjunto de libros ha sido estudiado completa y minuciosamente como los evangelios, y ningún personaje histórico ha recibido tanta atención como él.

 

Jesús vivió en un mundo que era muy diferente del nuestro.

En el nuestro vivimos:       -   posmodernismo

                                       -   ciencia

 -         destrucción de la tierra

-                                                                                                                      -          alienación de la naturaleza.

     Que ha generado un abismo entre nosotros y la gente de la Palestina del s. I.

Una de las diferencias principales es que Jesús y sus contemporáneos judíos tenían claro que Dios era una persona. Hoy no lo tenemos claro. Muchas personas tienen dificultades de reconocer a un Dios como tal.

 

2.1. Una revolución

Jesús era un campesino judío, y su espiritualidad encontraría su inspiración original en las Escrituras hebreas. El mundo en que vivió era judío, influenciado por la cultura griega. Más importante aún era la globalización del imperio romano, que ejercía una influencia cada vez mayor en la vida del pueblo, de manera especial en la gente rica. La mayoría de ellos vivían en el lujo y la decadencia.

 

Todas estas cosas caracterizaban el mundo que Jesús volvió del revés. Su vida, su mensaje y su espiritualidad fueron, en este sentido, revolucionarios. Jesús no fue un formador. No propuso algunas mejoras de las creencias las prácticas religiosas de su tiempo, a la manera de un remiendo en un vestido viejo. Jesús volvió el mundo, tanto judío como gentil, del revés. Esto no significa que fuera típico revolucionario en el sentido político de la palabra. Él no quería simplemente reemplazar a quienes estaban en el poder por otros que aún no estaban en el poder. El pretendía algo más radical que eso. Tornó los valores de su tiempo, en toda su variedad, y los volvió del revés. Estuvo empeñado en una revolución social, no en una revolución política; una revolución social que exigía una profunda conversión espiritual.

 

Una revolución social es la que vuelve del revés las relaciones sociales entre las personas en una sociedad. Una revolución política es la que cambia las relaciones de poder en una sociedad derrocando un gobierno y remplazándolo por otro. Jesús, como la mayoría de los judíos oprimidos de su tiempo, esperaba la liberación política de la opresión romana. Pero se vio a si mismo como un profeta cuya misión inmediata era la introducción de una revolución social y espiritual. El desmantelamiento de las estructuras de poder vendría después.

 

Poner el mundo del revés

 

Los dichos de Jesús, especialmente los reunidos en el Sermón de la montaña, eran subversivos respecto de casi todo lo que sus contemporáneos daban por sentado. El hablaba de poner la otra mejilla en vez de vengarse, de amar a los enemigos en vez de odiarlos, de hacer el bien a quienes nos odian, de bendecir a quienes nos maldicen y de perdonarlos setenta veces siete (Mt 5,38-43; Lc 6,27-37; Mt 18,22). Esto habría bastado para revolucionar las relaciones sociales entre los campesinos a quienes predicaba, así como las relaciones entre diferentes grupos y clases y entre religiones y naciones. Pero Jesús no se detuvo ahí. Mas revolucionario aún fue lo que tenía que decir sobre los ricos y los pobres.

 

Lo que se daba por supuesto era que Dios había bendecido a los ricos con la riqueza y que eran afortunados. Jesús se alzó y proclamó todo lo contrario: «Dichosos vosotros, los pobres» (Lc 6,20). En otras palabras, los dichosos y afortunados no son los ricos, sino los pobres. Esto no significa que sea bueno ser indigente y estar necesitado. Tampoco es una promesa de que un día los pobres serán ricos. Significa: «Tienen que considerarse afortunados por no estar entre los ricos y los pudientes». Los desafortunados son precisamente los ricos: «¡Ay de ustedes, los ricos!» (Lc ;6,24). Ellos deberían ser dignos de lástima, porque les va a resultar muy difícil vivir en el mundo del futuro (el reino de Dios), donde todo habrá de compartirse. A los ricos les resultará muy difícil compartir. Serán como camellos tratando de pasar por el ojo de una aguja. Los pobres son afortunados porque les resultara fácil compartir.

 

Para apreciar algo del impacto que aquel cambio radical debió de tener, podemos imaginamos a alguien que vaya hoy de un lado para otro diciendo que los ricos y quienes tienen un alto nivel de vida no son dichosos; que, en realidad, son los más desafortunados. ¿Por qué? Porque la única manera de que la raza humana pueda sobrevivir será que los ricos bajen su nivel de vida y compartan su riqueza con otros. A los ricos les resultará muy difícil.

 

De modo parecido, Jesús dice que si los otros te odian, te excluyen, te insultan y te difaman, tienes que alegrarte porque así es como se trata siempre a los profetas. Cuando hablan bien de ti, es cuando puedes considerarte desafortunado (Lc 6,22.23.26). En otras palabras, olvídate de tu reputación. Cuando las personas te critican y te desacreditan, puede ser una bendición disfrazada para ti.

 

Igual dignidad

 

Jesús mantuvo incondicionalmente su creencia de que todos los seres humanos eran iguales en dignidad y valor. Trató a los ciegos, los cojos y lisiados, los marginados y mendigos con tanto respeto como a quienes gozaban de un alto rango y estatus. Se negó a considerar que las mujeres y los niños tuvieran menos importancia o fueran inferiores. Esto volvió del revés una sociedad cuidadosamente ordenada de estatus y honor, y más aún cuando abogó por descender en la escala social, en vez de esforzarse por subir hasta la cima. Enseñó a sus seguidores a ocupar el puesto más bajo, de modo que, cuando discutían entre ellos sobre quien era el más grande, puso en medio de ellos a un niño pequeño, una persona que no tenía ningún rango o estatus en aquella sociedad, y les dijo que se esforzaran por ser como niños (Mc 9,33-37 par).

 

Entre otras cosas, esta aproximación derriba de sus tronos a «los sabios y entendidos», que no tienen el monopolio de la verdad. De hecho, su sabiduría y enseñanza puede hacer que no vean la verdad. Con bastante frecuencia, el pequeño, sencillo y sin formación, es más sabio que instruidos. «Te doy gracias, Padre», dice Jesús, «porque has revelado estas cosas a los instruidos y a los sabios, sino a los meros niños» (Lc 10,21 par).

 

Entre las personas que serían consideradas como meros niños en clave de estatus e instrucción en tiempos de Jesús y que, por lo tanto, habrían apreciado su mensaje, se encontraban las mujeres. Una de las formas en que Jesús volvió del revés su mundo consistió en conceder a las mujeres exactamente el mismo valor y la misma dignidad que a los varones. Destacó entre sus contemporáneos como el único maestro que podía contar con mujeres entre sus amigos y discípulos. Se nos habla de María de Betania, a quien él animó a que se sentara a sus pies como un discípulo (Lc 10,38-42). Más controvertida aún fue su estrecha amistad con María Magdalena, a quien enseñó y con quien, al parecer, habló de muchas cosas. El hecho de que se mezclara tan libremente con las mujeres, especialmente con las que eran conocidas como prostitutas, era un verdadero escándalo (Lc 7,39; Mt 11,19). Lo único que no le preocupaba a Jesús era su reputación.

 

Lo que sí le preocupaba era la manera en que las prostitutas y las mujeres sorprendidas en adulterio eran tratadas en aquella sociedad. Ellas, y no los varones, eran acusadas y condenadas como pecadoras. La prostitución y el adulterio no son posibles si no hay demanda por parte de los y si éstos no proporcionan el dinero. ¿Por qué se echa siempre la culpa a las mujeres? La posición de Jesús queda bellamente ilustrada en la escena en que salva a la mujer acusada de adulterio de los hombres que querían apedrearla (Jn 8,1-11).

 

Relatos subversivos

 

En su libro sobre la teología del relato, John Dominic Crossan sostiene que, mientras que un mito es un relato que confirma el statu quo y reconcilia sus aparentes contradicciones, una parábola es un relato que socava el statu quo y revela sus contradicciones.

El carácter subversivo de un dicho como: «Quienes se ensalcen serán humillados y quienes se humillen serán ensalzados» (Lc 14,11; 18,14; Mt 23,12) queda patente para nosotros en la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos que suben al templo para orar (Lc 18,9-14).

 

En tiempos de Jesús, los escribas y los fariseos eran muy estimados. Junto con los sumos sacerdotes y los ancianos, eran los líderes religiosos que sabían lo que era grato y lo que no era grato a Dios. Por otro lado, los recaudadores de impuestos eran odiados por todos y tratados como marginados en aquella sociedad. El sistema impositivo era extremadamente injusto. Había tres impuestos que sangraban despiadadamente a los pobres: el tributo romano, el tributo de Herodes y el tributo del templo. Pero quienes tenían que hacer frente a la ira y el rechazo del pueblo eran los recaudadores de impuestos. Es indudable que muchas veces explotaban la situación en beneficio propio. Sin embargo, Jesús sentía cierta simpatía y comprensión hacia esos hombres a los que, como a las prostitutas, siempre se les echaba la culpa. Contra las expectativas de todos, eligió quedarse en casa de Zaqueo, el infame recaudador de impuestos de Jericó (Lc 19,1-10).

 

En la parábola se invierten todas las expectativas. El fariseo no queda justificado a los ojos de Dios, porque es orgulloso y jactancioso: «Dios, te doy gracias porque no soy como los demás». El recaudador de impuestos, en cambio, es justificado a los ojos de Dios porque se humilla.

 

Mientras todos daban por sentado que los jefes religiosos, como los escribas y los fariseos, los sumos sacerdotes los ancianos, serían los primeros en ser aceptados en el reino de Dios, Jesús se atrevió a alzar su voz para decir que prostitutas y los recaudadores de impuestos entrarían en el nuevo mundo de Dios antes que los dirigentes religiosos (Mt 21,31). Esto debió de trastornar las presuposiciones de casi todos, incluidas las prostitutas y los recaudadores de impuestos: «Los primeros serán últimos, y los últimos serán primeros» (Mc 10,31).

 

El relato del Samaritano que ayudó a un judío herido a quien habían robado y apaleado, mientras que un sacerdote y un levita judíos habían pasado de largo (Lc 10,30-37), subvierte todos los mitos sobre judíos y samaritanos. Se pensaba que los samaritanos eran herejes y medio paganos. Jesús dice a sus correligionarios judíos no sólo que tienen que incluir a los odiados samaritanos en su amor al prójimo, sino que además tienen que aprender algo de un samaritano sobre el amor al prójimo.

 

Para apreciar el impacto que este relato debió de tener en los contemporáneos de Jesús podríamos pensar en el efecto que tendría hoy el relato de un soldado cristiano herido que es ayudado por un fundamentalista musulmán, mientras que un capellán militar cristiano y un trabajador social cristiano pasan de largo. ¿Imposible? ¿Por qué? La significación de las parábolas de Jesús hoy consiste en que nos sacuden y nos hacen romper con nuestros prejuicios.

 

En la parábola de los trabajadores de la viña (Mt 20,1116), Jesús vuelve del revés la comprensión aceptada de justicia. Cuando el amo paga a los que trabajaron en la viña durante una hora tanto como a los que trabajaron todo el día, ¿no está cometiendo una injusticia? Jesús dice que no. El amo paga a los que trabajaron soportando el calor del día el salario que habían acordado. De hecho, un denario era un salario muy generoso por un día de trabajo. Cuando estos trabajadores se quejan, no es porque se haya cometido una injusticia con ellos, sino porque el amo ha sido generoso con los otros. En otras palabras, no es una cuestión de justicia, sino de envidia. El amo decidió pagar a quienes, habían trabajado poco tiempo el mismo salario, porque sus necesidades y las necesidades de sus familias serían las mismas.

 

En la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32) el hermano mayor siente que ha sido tratado injustamente. El siempre ha hecho lo correcto; entonces, ¿por qué se celebra una fiesta para su depravado hermano, que ha derrochado su fortuna irresponsablemente, y no para él? Pero, tal como Jesús lo ve, el hermano mayor no ha sido tratado injustamente; simplemente, está celoso. Quiere ser el preferido. Quiere que su hermano sea castigado, no perdonado.

 

La relativización de la ley

 

La espiritualidad del tiempo de Jesús estaba basada en la ley, la Torá. Jesús la volvió también del revés, pero no rechazando la ley, sino relativizándola. Dice Jesús: «El sábado ha sido hecho para el género humano, y no el género humano para el sábado» (Me 2,27). En otras palabras, las leyes del sábado y, por implicación, todas las leyes de Dios, han sido concebidas para nuestro servicio como seres humanos. No existimos para servir o dar culto a la ley. Eso sería idolatría.

 

Así pues, Jesús se sintió perfectamente libre para transgredir la ley cada vez que su observancia podía hacer daño a las personas, porque la intención de la ley nunca fue hacer daño a las personas. No obstante, su conducta fue considerada como irremediablemente escandalosa, especialmente cuando enseñó a sus seguidores a hacer lo mismo (Mt 12,1-5).

 

En la cultura religiosa de aquel tiempo, la ley no eran sólo los diez mandamientos, sino también todo el sistema de pureza ritual que conocemos con el nombre de «Código de santidad». Todo - tiempo, espacio, personas, cosas y alimentos- estaba ordenado y dispuesto según una serie de grados de mayor o menor santidad o pureza.

 

Jesús vio todas las leyes de pureza ritual como tradiciones humanas que distorsionaban las intenciones de la ley de Dios (Mt 15,1-20 par). «No es lo que entra por la boca lo que mancha a la persona; lo que sale de la boca es lo que la mancha» (Mt 15,11). Jesús no sólo ignoraba la distinción entre alimentos puros e impuros y sobre el lavatorio ritual de las manos antes de comer, sino que tocaba los cadáveres, a los leprosos y a las mujeres menstruantes, cosas y personas todas ellas que eran tabú según el Código de santidad.

 

Lo que le importaba a Jesús eran las personas y sus necesidades. Todo lo demás estaba en función de ellas.

 

El reino al revés

 

Jesús vivió en un tiempo en que el pueblo judío estaba en «alerta máxima» esperando la inminente llegada de un Mesías que restauraría el reino tanto tiempo esperado, o reino de Dios. Las expectativas en torno a qué, cuándo, dónde y cómo, variaban enormemente. Se especulaba mucho al respecto. ¿Habría alguna intervención milagrosa divina? ¿Serían derrotados los romanos? ¿Entraría triunfalmente el Mesías-rey en Jerusalén con un ejército? ¿O sucedería todo ello de otra forma?

 

Los esenios se habían retirado al desierto para purificarse y estar preparados para el acontecimiento. Juan el Bautista esperaba que el juicio de Dios descendiera sobre Israel. Las personas comunes y sencillas esperaban y oraban para que Jerusalén fuera liberada de los romanos (Lc 1,68.71.74; 2,25.38). Al final del evangelio de Lucas, los dos discípulos que caminan hacia Emaús dicen que habían esperado que Jesús fuera el liberador de Israel (Lc 24,21).

 

Jesús dio un vuelco a tales expectativas. El tenía una idea muy diferente de lo que el reino de Dios en la tierra podría significar, y la razón fundamental era que veía a Dios de un modo diferente. Dios no era como un gran emperador, como los que dominaban sobre las personas y hacían sentir su autoridad (Mc 10,42 par). Tampoco era como un dictador benevolente. Jesús había llegado a experimentar a Dios como un Padre amoroso, su abbá. Por consiguiente, Jesús veía el reino de Dios más como el «reino» del padre amoroso de la parábola que perdona a su hijo pródigo incondicionalmente, se alegra por el retorno de su hijo perdido, no piensa en un castigo o punición y no quiere saber nada del libertinaje y el despilfarro de su hijo. Lo único que quiere hacer es celebrar una fiesta con su familia (Lc 15,11-32).

 

La comunidad o sociedad que Jesús esperaba se parecía más a una familia de hermanos y hermanas que tiene a Dios como padre amoroso. Su imagen del reino o reinado de Dios era la de una familia feliz y llena de amor, no la de un imperio conquistador y opresor.

 

Así pues, el reino de Dios no descendería de lo alto, sino que ascendería desde abajo, desde los pobres, los pequeños, los pecadores, los marginados, los perdidos ...: desde los poblados de Galilea. Ellos llegarían a ser como hermanos y hermanas que cuidan unos de otros, se identifican unos con otros, se protegen y comparten mutuamente.

 

Esto no implica sugerir que la actitud de Jesús hacia la familia fuera en modo alguno convencional. El dio un vuelco también a todo esto. Nada podía ser tan chocante como su dicho: «Si alguien viene conmigo y no odia a su madre, esposa, hijos, hermanos, hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,26). Lo él quería decir, obviamente, era «y no deja de preferir…». En otras palabras, uno no puede ser un miembro del reino-como- familia de Dios si sigue dando preferencia a su propia familia convencional.

 

Vemos que esto es precisamente lo que hace Jesús, pues no da preferencia a su propia familia. Cuando le informan de que su madre y sus hermanos están buscándolo, responde:

 

«"¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?". Y mirando entonces a los que estaban sentados a su alrededor, añadió: "Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre"» (Mc 3,33-35).

 

Ve a su madre como dichosa, no por ser su madre biológica, sino porque «escucha la palabra de Dios y la guarda» (Lc 11,27-28). Jesús quiere salir de las limitaciones de la familia carnal o de la familia de parientes próximos para formar la familia más amplia del reino de Dios. Un amor exclusivo a los familiares más próximos sería una forma de egoísmo de grupo.

 

Esto no significa que Jesús vea el nuevo reino -como- familia como la totalidad de la raza humana. Tenemos que amar a todos los seres humanos, incluidos nuestros enemigos, y tratarlos a todos como hermanos y hermanas; pero la nueva comunidad es la familia de quienes se aman unos a otros. Si tu enemigo sigue odiándote y maldiciéndote, esa persona continua excluyéndose de la nueva familia de Dios. De hecho, los miembros de tu familia carnal podrían volverse contra ti y rechazarte a pesar de tu amor hacia ellos. Por esta razón, Jesús puede prever que la formación de una nueva familia de Dios podría dividir y causar conflicto dentro de nuestras familias, convencionales y limitadas (Lc 12,51-52 par).

 

Como todas las familias, la familia de Dios se reunirá en torno a una mesa para comer. Esto explica la centralidad de las comidas en la vida de Jesús, su «comensalidad», como se llama a veces. Lo que sigue a esas comidas es el compartir característico de la vida en familia. Lo vemos en la bolsa común de Jesús y sus discípulos y, más tarde, en la primera comunidad de Jerusalén (Hch 2,44-45; 4,32-37). Fue esta comprensión del reino como familia lo que llevó a los primeros cristianos a tratarse como hermanos y hermanas, algo que no habría hecho ningún otro grupo religioso de aquel tiempo. Además, parece que aquellos primeros cristianos se saludaban con un beso en los labios, algo que en aquellos días sólo hacían los miembros de la misma familia.

 

Con esta comprensión de lo que podría significar el reinado de Dios en la tierra empieza Jesús a hablar sobre el reino, no como un acontecimiento exclusivamente futuro que tenemos que esperar sentados. El reino de Dios es una realidad presente. Ya ha llegado a nosotros. No tenemos que esperar signos y portentos (Mt 12,38-39 par). Podemos detectar el dedo de Dios en lo que ya está sucediendo (Lc 11,20). La comunidad o familia de Dios es como la levadura que actúa ya en el mundo (Mc 13,33 par). Es un grano de mostaza que crecerá y se convertirá en algo mucho más grande (Mc 4,31-32 par).

 

También aquí dio Jesús un vuelco a las expectativas de sus contemporáneos. Lo que estamos esperando ya ha llegado. Eso no significa que tengamos que renunciar a la esperanza en un mundo mejor. Lo importante es comprender que la semilla o embrión de ese mundo futuro está ya en medio de nosotros.

 

El Mesías al revés

 

Jesús se resistió extraordinariamente a hablar de sí mismo como Mesías. Y disuadió a sus discípulos de decírselo a la gente, porque él no era un Mesías en el sentido en que la mayoría de las personas entendían ese concepto (Mt 16,20 par). No tenía intención de ser servido por las personas, ni quería que sus discípulos fueran como jefes servidos por otros. El quería ser el siervo (Mc 10,42-45 par). Es difícil imaginar hasta que punto debió de resultarles extraño a sus contemporáneos este vuelco de la relación entre amo y siervo. El evangelista Juan lo capta vigorosamente en el relato donde describe cómo lava Jesús los pies de los discípulos (Jn 13,4-16).

 

Jesús no trató de evitar el papel extraordinariamente importante que había sido llamado a desempeñar. Estaba llamado a predicar, enseñar e introducir el reino o familia de Dios, pero tendría que hacerlo sufriendo y muriendo por ello. Su imagen del verdadero Mesías sería la del siervo sufriente descrito en el libro de Isaías (Is 52,13 - 53,12).

 

Este sería el vuelco más radical de todos. Jesús no iba a ser el Mesías conquistador y triunfante que aplastaría y mataría a los opresores de Israel, humillándolos y victimizándolos para liberar a su pueblo. El iba a triunfar siendo conquistado, arrestado, golpeado, humillado y clavado en una cruz como un esclavo rebelde o un criminal común: la muerte más desgraciada e ignominiosa imaginable en aquellos días.

 

El no era el vencedor, sino la víctima. Y, paradójicamente, éste sería su mayor logro. La verdad y la justicia estaban de parte de la víctima. De hecho, es ahí donde se encuentra Dios: tomando partido por las victimas del mundo. Esto es lo que Jesús dijo siempre.

 

René Girard ve el vuelco víctima-vencedor como la respuesta final al problema de la violencia. En lugar de sacrificar a alguien como chivo expiatorio para salvar al pueblo, Jesús asume el papel de chivo expiatorio o cordero sacrificial.

 

Desde el punto de vista del mundo que lo rodeaba, Jesús fue un fracasado. Lo arrestaron, lo acusaron y lo ejecutaron como traidor. Nada sirvió para volver del revés el mundo de aquel tiempo de un modo tan radical como el hecho de ver este fracaso como un éxito. Su disposición al fracaso fue lo que revolucionó la espiritualidad de aquel tiempo. Su muerte fue su triunfo.

 

La disposición de Jesús a morir por otros significaba que el estaba vivo, y sus verdugos muertos. Esta paradoja extrema era una parte muy importante de su espiritualidad. Ello expresó como una paradoja sobre la vida y la muerte que aparece de diferentes formas en todos los evangelios. Se puede resumir así:

 

«Quien salve su vida la perderá.

Quien pierda su vida la salvará».

 

Nada contradice la actitud convencional con respecto al ego de un modo tan absoluto. Cuando no estamos dispuestos a renunciar a nuestra vida por los demás, ya estamos muertos; cuando estamos dispuestos a morir por los demás, estamos realmente vivos. 0, dicho de otro modo, cuando no estamos dispuestos a abandonar nuestro ego, estamos muertos; cuando estamos dispuestos a desprendemos de el, empezamos a vivir con abundancia de vida. Esta es la raaz6n por la que, poco después de la crucifixión, María Magdalena y después los otros discípulos experimentaron que Jesús estaba completamente vivo, que había resucitado de entre los muertos .

 

Al derecho

 

Hasta ahora he descrito la crítica radical de Jesús como un poner el mundo al revés. Una manera más exacta de describirlo sería decir que Jesús estaba poniendo el mundo al derecho. Jesús estaba centrando la atención en un mundo sin todas las distorsiones y engaños del ego: orgullo, envidia, celos, egocentrismo, arrogancia, falta de amor y aislamiento de otros seres humanos como individuos y como grupos.

 

Jesús habló de este mundo al derecho como mundo de Dios, como el reino o familia de Dios naciente. De hecho, Jesús estaba apuntando al mundo real. Nuestra sabiduría convencional nos dice que el amor no egoísta y generoso es antinatural, y que es el interés personal lo que mantiene la economía en funcionamiento y motiva a las personas para realizar grandes cosas. Pero para Jesús éste no es el mundo real, sino que es un mundo al revés que debe ser puesto al derecho.

 

A muchos de sus contemporáneos les parecería que el mundo real que Jesús había descubierto era poco práctico, absurdo y falto de la aprobación por parte de la autoridad legítima. Pablo lo describe como la sabiduría paradójica de Dios:

 

«Los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los gentiles ... Pues la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana» (1Co 1,22-23.25).

 

Jesús irrumpió en escena en la Palestina de aquel tiempo con una nueva conciencia, con una sabiduría que las Escrituras llamarían «la sabiduría de Dios». Pero ¿dónde obtuvo este hombre de Nazaret tal sabiduría?

 

(Nolan Albert. Jesús, hoy, Ed. Salterrae, pag 79 - 95)

Comentarios

excelente, continúa así

Exelente documentacion.- Escrito dinamico.- expresion de FE.- Material que no puede faltar en ningun encuentro catequistico.- Enhora buena.-EKSY

ohh! Dios es de pana choro es la ley y esta bien asikalaoo choroo

este es tu primer comentario ponte feliz :}

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